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sábado, 20 de septiembre de 2008

Palabras perdidas (I): Muerte de viajante


Gregorio Samsa era un viajante que una mañana cualquiera se despertó convertido en un repelente insecto gigante. La historia de la Metamorfosis de Kafka no es muy verosímil en sí, aunque se hunda en el inconsciente del ser humano con la fuerza de un pozo petrolífero. Pero lo que más sorprendería de la frase anterior en el lenguaje actual sería la palabra viajante. Dudo de que la conozcan muchos de nuestros adolescentes. Fue condenada a muerte por ese empeño terco y tan de nuestros tiempos de ocultar las profesiones (o lo que sea) que carecen de un determinado nivel de prestigio bajo denominaciones eufemísticas absurdas.

Parece que uno se imagine al viajante conduciendo un coche obsoleto (pongamos un Renault 21, a lo sumo), un tipo triste y grisáceo de una España desaparecida de pensiones sin baño y bocatas para ahorrarse un duro en la comida.

Un día, los comerciales se abrieron paso a empellones como los profesionales modernos que eran, y destronaron de sus puestos a los viajantes, que eran ellos mismos, sólo que más viejos, más pobres y más tontos. Imagino que tuvo que haber un tiempo de crisis de identidad, como la de Gregorio Samsa, o como la de Julio Llamazares, entre el anodino y anticuado viajante y el dinámico y pujante comercial, pero la nueva raza fue extendiéndose por todas partes con la fuerza de los que han nacido para domeñar el mundo.

La primera víctima de su arrojo fue la palabra viajante, que camina con paso firme, como el elefante que presiente su fin, hacia el cielo de estrellas en el que viven los vocablos que ya no habitan en nuestras lenguas: el lánguido y añorado mundo de los arcaísmos.