Óxido, grieta, grapa
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Esas grietas, que son lo más cierto que tenemos, lo más seguro que somos,
nos dan miedo. Y parcheamos para que no se agranden. Qué miedo el vértigo.
Qué n...
Hace 8 horas
La buena educación
Dice mi querida Merche Pallarés, no sin una sorna monumental, que mi próxima entrada será en el segundo o tercer cumpleaños de mi hijo, Diego, y al paso que iba la burra, más había en ello de verdad de lo que me imaginaba cuando leí su comentario. Escribí mi última entrada el 3 de diciembre, justo después de las sesiones de evaluación del trimestre pasado, y escribo ésta cuando ha transcurrido ya una semana de las de este trimestre. Como bien dice la palabra, han pasado tres meses y, aunque este blog (como, dicho sea de paso, La lúgubre góndola) es bastante propenso al Guadianismo (por decirlo así), o a los agujeros negros, ninguna interrupción es comparable a esta última. Parece como si a este blog le hiciera vudú (o vodú, que decía mi admirado profesor de la facultad Ricardo de la Fuente) algún chamán prehistórico para volverlo por un tiempo a estado latente, como un vulgar murciélago. Así que este blog ha hibernado los tres meses de invierno. Y despierta de su letargo, como el oso Yogui, con la llegada de la primavera.Diego, pasándoselo en grande con su mesa de actividades parlanchina.
Diego, con su gorrito y su cazadora, preparado para afrontar valientemente un gélido día de invierno (perdónese el exceso de flash).
Con las elecciones de EE.UU. y el flamante equipo de gobierno que día a día vamos leyendo en la prensa y vemos en televisión e internet compruebo por enésima vez la pereza mental que inunda el periodismo cuando se trata de traducir términos de otros idiomas (en particular, del inglés) al nuestro. Aunque el periodista cuenta con la dificultad (y la excusa) del apresuramiento, de la inmediatez, lo cierto es que la traducción literal asoma la cabeza en novelas y otros textos que pueden estudiarse con más detenimiento, como contaba hace ya tiempo Javier Marías en El País Semanal.


Todo el mundo está hablando estos días hasta la saciedad de la victoria de Barack Obama, de sus extraordinarias cualidades para la política (esas que, dicho sea de paso, escasean en la mayoría de los políticos), de su capacidad para encauzar los deseos de cambio de su país y de gran parte del mundo en este momento de desconcierto, y sin embargo apenas se ha nombrado a una persona que ha contribuido decisivamente a este momento histórico, un hombre en la sombra sin cuya participación activa estos últimos años hoy no estaríamos hablando de que un negro llega por fin a la Casa Blanca. Sin su ineptitud, sin su estulticia, sin sus rebajas de impuestos a los más ricos, sin su propensión a explotar el miedo de sus ciudadanos, sin las guerras de Iraq y Afganistán, sin sus problemas para deglutir una galleta, sin todo usted, en suma, todo lo que estamos viviendo hoy no habría sido posible. Gracias por todo, George W. Bush.