Decían los antiguos que el escritor debía efectuar su labor igual que las abejas, que fabrican miel a partir del néctar de las más variadas flores. La metáfora del escritor-abeja, presente ya en el teatro de Aristófanes, arraigó en el mundo grecolatino y aparece en los escritos de autores ilustres de la época romana, particularmente de Séneca. Era aquel un tiempo en el que la imitación (en un sentido amplio, no el plagio, desde luego) no es que no se estimara como un demérito, sino que se consideraba muy recomendable e incluso imprescindible para volar alto en el mundo de las letras. Cambió radicalmente esta concepción el encumbramiento de la originalidad que preconizó el Romanticismo (con lo poco originales que nos salieron, en general, los pobres) y que endiosó la vanguardia. Los llamados ismos abominaban de la imitación. Se cargaron al escritor abeja que llevaba unos siglos maltrecho y decidieron reinventar el arte en cada poema, en cada novela, en cada obra. Pero eso conducía directamente a la destrucción del arte y, lo que es peor, a la inmolación del artista. Los escritores comenzaron a fijarse en el pasado para crear sus obras (no ha habido otra época más preocupada por la historia que la nuestra). Aprendimos la palabra intertextualidad y se creó una nueva acepción para el término homenaje. Y resulta que, cuando el escritor-abeja parece resurgir de sus cenizas, son las abejas mismas las que están sufriendo el varapalo de los nuevos tiempos...
Muerte de Séneca de Pedro Pablo Rubens
Sabíamos que podíamos disfrutar de la vista quince minutos. Los japoneses quisieron disfrutar del momento como mejor saben: haciendo fotos. Saltaron varios flases en los primeros instantes de la visita (o de la contemplación) hasta que una cuidadora gritó "No foto" con la voz más desabrida del mundo. Cualquiera sacaba la cámara. Yo, que estaba preparado para desenfundar a más velocidad que John Wayne y Lucky Luke juntos, no me atreví, y pude comprobar en el cuarto de hora que duró la visita que el valor guerrero es cosa de película de Hollywood. Nadie osó contradecir a la matrona romana de voz intimidatoria.