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viernes, 16 de noviembre de 2007

Historia rauda del escritor-abeja

Decían los antiguos que el escritor debía efectuar su labor igual que las abejas, que fabrican miel a partir del néctar de las más variadas flores. La metáfora del escritor-abeja, presente ya en el teatro de Aristófanes, arraigó en el mundo grecolatino y aparece en los escritos de autores ilustres de la época romana, particularmente de Séneca. Era aquel un tiempo en el que la imitación (en un sentido amplio, no el plagio, desde luego) no es que no se estimara como un demérito, sino que se consideraba muy recomendable e incluso imprescindible para volar alto en el mundo de las letras. Cambió radicalmente esta concepción el encumbramiento de la originalidad que preconizó el Romanticismo (con lo poco originales que nos salieron, en general, los pobres) y que endiosó la vanguardia. Los llamados ismos abominaban de la imitación. Se cargaron al escritor abeja que llevaba unos siglos maltrecho y decidieron reinventar el arte en cada poema, en cada novela, en cada obra. Pero eso conducía directamente a la destrucción del arte y, lo que es peor, a la inmolación del artista. Los escritores comenzaron a fijarse en el pasado para crear sus obras (no ha habido otra época más preocupada por la historia que la nuestra). Aprendimos la palabra intertextualidad y se creó una nueva acepción para el término homenaje. Y resulta que, cuando el escritor-abeja parece resurgir de sus cenizas, son las abejas mismas las que están sufriendo el varapalo de los nuevos tiempos...

Muerte de Séneca de Pedro Pablo Rubens

miércoles, 31 de octubre de 2007

Misión imposible: visita a La última cena de Leonardo

Habíamos dejado ayer a unos 25 japoneses cámara en ristre esperando entrar al refectorio de Santa Maria delle Grazie, como al vizcaíno y a Don Quijote en la pelea que narra magistralmente Cervantes. El acceso era más complicado de lo que nosotros, en principio, hubiéramos sospechado. Se abrió una puerta que daba acceso a un claustro y los visitantes fuimos apelotonándonos frente a una puerta de cristal que estaba cerrada a cal y canto. De repente, se oyó algo en italiano que yo no entendí o que no recuerdo ahora y entraron varias personas que se habían quedado atrás. Cuando estuvimos todos juntitos, se cerraron las puertas que teníamos a nuestra espalda y entonces pudimos pasar a otro habitáculo acristalado semejante en el que se repitió la operación. Menos mal que las paredes eran de cristal, porque yo llevaba mi claustrofobia, como siempre, a cuestas. Las puertas de la segunda cabina se abrieron y por fin pudimos entrar en el refectorio con la sensación de estar en la piel de Tom Cruise en Misión: imposible. Los monjes que comían allí jamás hubieran imaginado las extrañas cosas que habría que hacer para acceder al lugar. Al entrar en la sala rectangular nos golpeó una bocanada de aire frío, idónea para la conservación de la pintura y para coger una pulmonía letal. Pero la vista merecía la pena. De buena gana hubiera comido allí un buen cocido contemplando con demora los dos frescos, Il cenacolo de Leonardo y La crocifissione de Donato Montorfano. Sabíamos que podíamos disfrutar de la vista quince minutos. Los japoneses quisieron disfrutar del momento como mejor saben: haciendo fotos. Saltaron varios flases en los primeros instantes de la visita (o de la contemplación) hasta que una cuidadora gritó "No foto" con la voz más desabrida del mundo. Cualquiera sacaba la cámara. Yo, que estaba preparado para desenfundar a más velocidad que John Wayne y Lucky Luke juntos, no me atreví, y pude comprobar en el cuarto de hora que duró la visita que el valor guerrero es cosa de película de Hollywood. Nadie osó contradecir a la matrona romana de voz intimidatoria.
La última cena abrumaba. La perspectiva es tan perfecta que los comensales parecen estar realmente ante los visitantes en un trozo de sala que en realidad no existe; o sí existe, sólo que es un fresco.


A la salida, el mismo numerito del habitacolo acristalado vinciano. Esperando a que se cerrara la dichosa puerta trasera para que se abriera la de delante y nos dejara casualmente en el elemento que no falta en cualquier museo que se precie, la tienda, me pregunté a qué venían esas medidas de seguridad si ni Eric el belga en sus mejores tiempos habría logrado robar el cuadro, que era en realidad una pared de más de cuatro metros por más de ocho. Mientras me alejaba en dirección al Duomo, a la imponente catedral de Milán, no podía quitarme de la cabeza la imagen de los apóstoles ante el inquietante anuncio de su maestro: "Uno de vosotros me va a traicionar".