
El filósofo Platón consideraba que nuestros sentidos no eran capaces de percibir el mundo real. Los seres humanos vivíamos, pues, encerrados en el mundo sensible, lejos del mundo de las ideas, al que iban las almas cuando lograban liberarse del cuerpo. Para explicar este contrasentido, Platón escribió en La república un relato alegórico conocido como "el mito de la caverna". En una cueva viven varios prisioneros atados de pies y manos. No pueden moverse y sus ojos no ven más que las sombras que la luz de una hoguera proyecta sobre una pared de la caverna. Con gran esfuerzo, uno de los reos logra romper sus ataduras y salir al mundo real. Después de descubrir la belleza de un lugar que sólo conocía a través de sombras, el preso liberado vuelve a rescatar a sus compañeros. La caverna es en realidad una metáfora del mundo sensible y el mundo real, de ese mundo de las ideas cuya existencia quería demostrar Platón con esta historia.
Ahora sabemos que los cautivos de Platón son austríacos. Algunos nietos (y a la vez hijos) que Josef Fritzl tuvo con su hija Elisabeth han vivido en la caverna durante casi veinte años sin conocer el mundo real más que a través de una televisión que hacía las veces de la pared del antiguo mito. Hace apenas unos días fueron liberados. Cuando los presos hayan sentido en sus ojos la luz del sol, se habrán sentido como en el cielo, almas oscuras que se han encontrado de repente vagando por el Paraíso.