lunes, 13 de octubre de 2008

Memento mori

 - ¿Qué hay después de la muerte? -me pregunta a bocajarro un alumno de refuerzo de lengua de tercero de ESO, 14 años, moreno rizado, regordete, cara de bonachón.
   Y yo, que a veces siento apuro al explicar las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, viéndolos a ellos tan jóvenes, tan lozanos, tan ajenos al descanso eterno, sólo acerté a responderle una obviedad:
    - Eso no lo sabe nadie, caballero.
    Pero la pregunta no le resultó tan obvia a una compañera suya, 15 años, delgadita, rubia con media melena, movida como un nervio, porque, mientras su compañero aseguraba pensar en ello con frecuencia, ella, impertérrita, como si no estuviera contestando al mayor arcano que tiene delante de sí la humanidad entera, sin darse la menor importancia, pues, suelta:
   - Pues claro que hay vida después de la muerte. Como que a mí se me ha aparecido mi abuela. Y más de una vez.
   La respuesta me pareció tan sorprendente como para detener el curso natural de la clase.
   - ¿Cómo que se te ha aparecido tu abuela? -inquirí.
   - Que sí, que sí - terció otra compañera, 16 años, morena, algo entrada en carnes y en ese momento palidísima- que yo también vi a una conocida mía.
   Indagando un poco más, pude saber que la muchacha de 15 años había dormido unas noches en la habitación en la que descansaba su abuela y en la que tal vez dejó el siglo, la pobrecilla. Su nieta no pudo soportar las tinieblas de su cuarto y, acunándose compulsivamente de un lado a otro de la cama, consultando sus miedos con la almohada, acabó por proyectar la figura de su abuela en el negror de la noche como en un negativo de una pantalla de cine. Pura aprensión.
   Intenté explicárselo a mis alumnos procurando no desvanecer las ansias de inmortalidad del chaval al que la muerte inquietaba con algo de premura, pero no creo que lo consiguiera. Al fin y al cabo, no podemos dejar de ser esclavos de nuestros miedos.

    
In ictu oculi de Juan de Valdés Leal. Hospital de la Caridad, Sevilla.
Arriba, Vanitas, de Pieter Claesz.

12 comentarios:

Diego Fernández Magdaleno dijo...

Ilusiones y alucinaciones se encuentran cotidianamente en el cerebro...
Besos,
Diego

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Ay, que veo que los profesores de literatura vamos para parapsicólogos... así quizá salgamos más en la tele y nos convirtamos en modelo. ¡La próxima generación de estudiantes querrán ser profesores de literatura y no futbolistas o famosos del corazón para desentrañar la vida más allá de la muerte!
Párate, Pedro, que desbarras.
Me he divertido con tu entrada. Qué jóvenes son los jóvenes.

Álvaro Fernández Magdaleno dijo...

Flipante.
Un abrazo.

manuel de la rosa dijo...

indudablemente... los miedos no desaparecen nunca, lo que ocurre es que ahora ya no llamamos a papá o mamá... un saludo

amelche dijo...

¿No te contaron también que habían practicado la Ouija? A mí me lo dicen a veces.

Chan dijo...

Podrías sugerir que lo contasen por escrito, y puede que surja un nuevo Manrique o un nuevo Bécquer...

Antonio dijo...

Tenía razón esa alumna: hay abuelas que, como el amor de Quevedo, no respetan la ley severa y se nos presentan en el momento más inesperado. Si no fuese de ese modo, ¿quién vería las películas de Amenábar?
Un saludo.

Merche Pallarés dijo...

Pues yo tambien vi a una amiga mia, Irene, despues de muerta... Creo que los que me leeis desde el principio os acordareis de esa entrada titulada "Irene"... La muerte, bueno lo que existe despues, es muy misterioso... Besotes, M.

Carmen dijo...

Gracias por visitar mi blog.
He paseado un poco por el tuyo y me gusta mucho.

Seguro que lo que vió la quinceañera delgadita, rubia con media melena y movida como un nervio fue una alucinación, aunque realmente nadie sabe lo que hay detras de este mundo.

Te sigo leyendo

Un saludo

Cecilia Alameda Sol dijo...

Los fantasmas quizás existen, no con cadenas y sábanas, pero sí como presencias etéreas que nos animan o nos atemorizan. Existen en nuestra mente y creemos verlos con los ojos reales. Yo quiero creer que mis fantasmas están conmigo.

Isabel Huete dijo...

No sé si existirá algo después de la muerte (no hablo de cielos ni de infiernos ni de nada parecido), pero a mí de adolescente también me preocupaba, y si bien es cierto que no me encontré con ningún fantasma, los convocaba para ver si venían. No fue así y creo que se debió a que no les tenía miedo. El miedo, a veces, nos vuelve visionarios, incluso de mayores. Como muestra un botón: hasta que Zapatero no tuvo miedo no fue capaz de ver la crisis... Jejeje.
Besazos, Pablo.

Leonor Quintana dijo...

Si no hubieras tenido la amabilidad de dejar un comentario en mi blog, no habría descubierto el tuyo.

Veo que la muerte es un tema recurrente y me parece bien, ya que es la única certeza que tenemos...

Mi padre acaba de morir y sigo pensando que las Coplas de Jorge Manrique son insuperables: qué poco hemos avanzado los humanos...

No voy a hacer humor; me temo que es imposible exorquizarla, pero lo verdaderamente esquizofrénico es tratar de ignorarla.

Un cordial saludo.