martes, 30 de octubre de 2007

La última cena de Da Vinci y San Ambrosio de Milán

San Ambrosio


El verano pasado, en Milán, en pleno furor mediático de El código da Vinci, la exitosa novela de Dan Brown que muchos han querido convertir en un libro de historia antigua y medieval, me acerqué a ver uno de los iconos de la capital lombarda: La última cena de Leonardo, que se encuentra en el refectorio del monasterio de Santa Maria delle Grazie.

Recuerdo que Adela y yo nos refugiamos de la lluvia de aquella tarde en el claustro del monasterio y que llegamos a la taquilla a través de su iglesia. El precio de la entrada para ver exclusivamente La última cena costaba nada menos que seis o siete euros y podíamos considerarnos afortunados de haber encontrado entradas para ese mismo día en el último pase. Como nos quedaban un par de horas para enfrentarnos a una de las obras maestras del Renacimiento italiano, nos acercamos hasta la iglesia de San Ambrosio, próxima a Santa María. Poco queda ya de la basílica en la que San Ambrosio de Milán daba misa diariamente en el remoto siglo IV de nuestra era. El templo poseía no obstante el embrujo que otorga el poso de la historia, lugar clave del primer cristianismo y del canto gregoriano (San Ambrosio bautizó nada más y nada menos que a San Agustín y el himno es creación de la liturgia ambrosiana).

Bajo las nubes negras que habían declarado una breve tregua a los turistas que visitábamos Milán, el templo oscuro ofrecía varias maravillas difuminadas entre las tinieblas. Sobre todas, destacaba el retablo de oro. Debajo, en la cripta, descansaban los restos de San Ambrosio entre los de los mártires milaneses Gervasio y Protasio, tumbados y vestidos como si los esqueletos acabaran de dormirse: el trío Calaveras, me dije sin poder reprimir a mi descreído cerebro.

San Ambrosio, Gervasio y Protasio
Volvimos a Santa Maria delle Grazie por las adoquinadas calles surcadas por los viejos tranvías de la ATM. Apostados ante la entrada, unos veinticinco o treinta japoneses armados de tecnología nipona hasta los dientes esperaban su turno, que era el nuestro. Pero de eso, como se alarga el texto, hablaremos mañana.

2 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Eso es viajar con oportunidad y aprovechamiento.

Evan dijo...

Esa es la belleza que tiene viajar... te lleva a la historia con los lugares que vas conociendo...

Saludos Pablo!