miércoles, 7 de noviembre de 2007

Cuatro corazones con freno y marcha atrás

Enrique Jardiel Poncela es un nombre imprescindible en la evolución del teatro español del siglo XX. Excéntrico y manirroto, gozó de enorme y merecida fama en su época. Su humor, absurdo pero comprensible y degustado por una inmensa mayoría, destila genialidad ya en los títulos de sus obras: las novelas Espérame en Siberia, vida mía y ¿Pero hubo alguna vez once mil vírgenes? o sus comedias Madre (el drama padre) y Los ladrones somos gente honrada.

Hace dos o tres semanas he terminado de leer Cuatro corazones con freno y marcha atrás en la edición de Fernando Valls y David Roas, que demuestran sus vastos conocimientos de la obra completa de Jardiel en las notas a pie de página con una prolijidad que al principio distrae y más tarde irrita. Pero ése es otro tema.

Cometí el error de comenzar la lectura de Cuatro corazones... en una guardia de clase (en la que milagrosamente pude leer sin demasiadas interrupciones) y lo pasé bastante mal procurando disimular la risa: el primer acto de la comedia es absolutamente desternillante. De ahí que no recomiende su lectura en tanatorios, juicios de faltas y, en general, en todas aquellas situaciones que requieran un mínimo de seriedad y compostura.

A medida que avanza la acción, la obra decrece en gracia, pero gana en profundidad filosófica, y el interés permanece y se renueva hasta el desenlace final, que muestra la habilidad de Jardiel para la comedia y la sátira. Sus fobias hacia ciertos oficios y condiciones humanas entroncan con la tradición literaria española del Siglo de Oro, encarnada principalmente en la figura de Quevedo: ambos comparten su aversión hacia los médicos, y Jardiel sustituye a los alguaciles quevedescos, en notable decadencia, por profesiones de reciente cuño, como los vendedores de seguros.

Toda su obra literaria está destinada a provocar la risa y, sin embargo, y paradójicamente, Jardiel renuncia a definir el humorismo. La frase con la que no lo define (lo indefine o lo desdefine), como tantas otras suyas, es antológica: "Intentar definir el humorismo es como pretender pinchar una mariposa con un palo del telégrafo".

5 comentarios:

Antonio dijo...

A mí también me gusta el humor de Jardiel Poncela, incluso en esos novelones tan largos que pocos conocen. Por cierto, su nieto tiene un blog en el que mantiene vivo su espíritu: http://humoradas.blogspot.com/

Pedro Ojeda Escudero dijo...

¡¡Qué gran recomendación!! Recuerdo un montaje para televisión de esta obra, con el director de Cámara-Café en uno de los papeles.

Evan dijo...

Es una recomendación que me gustaría leer...

Gracias por el resumen, Pablo!

Saludos!

Diego Fernández Magdaleno dijo...

Me reí mucho con "Espérame en Siberia, vida mía". Leeré esta obra que recomiendas.
Besos,
Diego

el trenti dijo...

Has tocado una de mis fibras sensibles.

Tengo una especial admiración por Enrique Jardiel Poncela. He leído muchas de sus obras de teatro cuyo humor irónico hacen que la atención se mantenga todo el rato. Sin duda, Eloísa está debajo de un almendro es una de las mejores. Pero Los habitantes de la casa deshabitado no tiene desperdicio.

De sus novelas, sólo he leído una que curiosamente no mencionas: La Tourneé de Dios. Es una novela cuanto menos curiosa en la que Jardiel juega con la tipografía y el tamaño de la letra.

Gran entrada