miércoles, 19 de septiembre de 2007

En Douz, la puerta del Sáhara de Túnez.



Llegamos a Douz, la puerta del Sáhara (lugar al que mi hermana Alicia llegará mañana), después de seis o siete horas de viaje por las intratables carreteras tunecinas. Dejamos atrás la blancura andalusí de remates azulados que orlaba la costa mediterránea en Sidi Bou Said, los mosaicos romanos del museo del Bardo, las playas infestadas de algas del mar de Hammamet, la astucia y la paciencia de los vendedores del mercado de Nabeul, el colosal anfiteatro del Djem y la mancillada intimidad de una casa de bereberes en el interior del país, cerca del desierto, en la aridez extrema de un lugar en el que no llovía desde hacía más de dos años. Eso era una sequía. Y en Douz, la puerta del desierto, sería aún peor. Bajamos del autobús sobre las siete de la tarde (allí anochecía por esas fechas una horita más tarde) y nos recibió en la cara un calor que tenía masa, que era sólido, que se comía, se respiraba, un calor que agrietaba la piel y bronceaba con más rapidez que diez cámaras de rayos UVA. En Palma del Río estarán quejándose por los 40º de costumbre, pensé yo mientras recogía las maletas y corría hacia el frescor húmedo del aire acondicionado del hotel, y no saben la suerte que tienen.


En Douz nos esperaban los dromedarios. Las señales de tráfico que advertían del peligro de animales salvajes sueltos consistían en un dibujo de un dromedario con una joroba perfectamente perfilada. En la arena del incipiente desierto nos esperaban cientos. Llevarían trabajando en su agotadora faena varias horas al calor extremo del desierto, porque algunos de ellos mostraban su fatiga echándose repentinamente sobre el suelo. La vista era espectacular, con cientos de dromedarios esparcidos en diferentes caravanas (una pequeña Samarcanda) y el sol anaranjado poniéndose más allá del larguísimo horizonte (más infinito aún que el horizonte castellano).


Cuando el sol se puso por completo, éramos pocos los turistas que permanecíamos aún en el desierto, más hermoso aún bajo la luz tenue de la luna, y algunos comenzaron a sentir miedo o, al menos, a comentar qué fáciles presas seríamos, a qué bajo precio habíamos puesto nuestras vidas.


Yo entonces no sentí miedo, embaucado por el poder del desierto que ni siquiera lo era aún, testigo único de cómo el cielo azul y la dorada arena se habían convertido, por el hechizo incuestionable de la noche, en un solo infinito.


9 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

hermoso texto, Pablo. Enhorabuena.

Álvaro Fernández Magdaleno dijo...

¡¡Qué bonito eso que has escrito chaval!!!
Un beso.
Álvaro

Álvaro Fernández Magdaleno dijo...

Y las fotos artísticas son impresionantes.

Diego Fernández Magdaleno dijo...

¡¡¡¡Hammamet!!!!
Yo no entro en el desierto ni aunque vengan Zaplana y Acebes corriendo detrás de mí.
Un beso,
Diego

Pablo A. Fernández Magdaleno dijo...

Gracias, Pedro y Álvaro. No hay para tanto.
Yo, Diego, tampoco entré mucho en el desierto, y además me metieron.

Un abrazo

Chan dijo...

Qué envidia... No he acabado de leer el artículo y ya me están entrando ganas de visitar un lugar así. Aunque narrándolo de esa manera, ¿a quién no?

Nuria. dijo...

impresionante lo escrito, es precioso. una gran experiencia...

un bso.

nerea dijo...

Bueno que decir que te no te han dicho ya... Impresionante! Siempre he querido viajar a Tunez así que leer tu artículo y, sobre todo, leer como lo has escrito ha conseguido crearme más ganas de conocerlo. Tiene que ser super bonito todo ¿no?.
Besicos!

Pablo A. Fernández Magdaleno dijo...

Gracias Chan, Nuria y Nerea. Se me están subiendo los colores.
Un abrazo