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sábado, 27 de octubre de 2007


Por fin he visto la película que ha revolucionado la cartelera del cine en España y que ya ha vendido los derechos a una productora estadounidense para realizar la refundición hollywoodiana pertinente. La película de Juan Antonio Bayona contiene todos los ingredientes del género del suspense mezclado con el de fantasmas: la acción transcurre en un antiguo orfanato, que es una casona enorme y decimonónica, como la de Los otros o, más lejos en el tiempo, la de Norman Bates en Psicosis. No hace falta ser Íker Jiménez para darse cuenta a cien kilómetros de distancia de que la mansión que compran Belén Rueda y su esposo tiene todas las papeletas para ocultar en su interior fantasmas, ectoplasmas, gnomos y cualquier otra criatura sobrenatural que se precie de no existir. El paisaje que rodea a la casa, incluido un faro en desuso, redondea el ambiente que necesita la historia para intensificar el suspense.

Al igual que en Los otros y en otras películas (relativamente) recientes como El sexto sentido, el mundo real y el mundo de ficción se entremezclan a los ojos del espectador sin que se explique nada; muy al contrario, esa mixtura pretende mantener engañado al receptor hasta que se produce el otro gran ingrediente de este tipo de cine: el final sorprendente, que modifica totalmente la perspectiva desde la cual ha de interpretarse toda la película. Este ingrediente no es exclusivo de este género y además es muy común en el cine de los últimos años. En algunos casos, la regresión es una estafa, como en La sombra de un secuestro, casi imposible, como en Ocean's Twelve, o difícil de digerir, como en Nueve reinas; en otras películas, sin embargo, parece más factible, como en Los otros, en El sexto sentido o en El ilusionista. En cualquier caso, el espectador (o yo, por lo menos) sale con la impresión de haber sido engañado vilmente por guionista y realizador, que se encargan de dirigir nuestra atención hacia los elementos que distorsionan nuestra comprensión de la historia hasta que, al final y sólo al final, nos muestran la clave para atar todos los cabos sueltos.
Con todo, El orfanato funciona perfectamente como película. Mantiene el suspense hasta el último momento y todos los puntos que se lanzan a lo largo de la obra se resuelven con maestría en los últimos planos. A fin de cuentas, El orfanato como dice Paul Giamatti en El ilusionista, es un truco, una ilusión, una magnífica jugada de trileros; en definitiva, un producto de nuestra imaginación.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Una mentira incómoda

A principios de año, un grupo de científicos británicos vaticinó que este verano iba a ser el más caluroso de la historia por obra y gracia de un calentamiento global provocado por los gases de efecto invernadero. Pero llegó el estío y las temperaturas no alcanzaron, al menos en España, las alarmantes cifras que preveían los científicos, sino todo lo contrario: este año el frío al rostro no ha venido sólo en agosto; más bien no ha cesado desde el invierno, igual que la plaga de topillos.

El error de los científicos británicos ha dañado la credibilidad de la comunidad científica en general, a la que muchos han venido acusando de hiperbólica y catastrofista, y ha perjudicado, por tanto, a la imprescindible concienciación sobre el problema. Este verano, los escépticos, los que nunca se fían de los expertos en el tema y menos aún de los ecologistas de Greenpeace, han tenido la oportunidad de reírse a carcajadas de los que con mucha razón y algo de apostolado anuncian la irrupción (más que la venida) de un mundo nuevo: "Si es que sois tontos", le decía un agricultor riosecano a su comprometido hijo. "Os tragáis cada chorrada..."

Los profetas que yerran, los Anthony Blake que se atreven a pronosticar el porvenir, acaban por quedar a la altura de la bruja Lola, porque en la meteorología del futuro no hay enanos y tampoco predicciones ciertas más allá de unos días. Por eso desapareció el calendario zaragozano, pese a que era muy útil para preparar los puentes y las vacaciones de verano. Sólo que luego no acertaba nunca.

Los profetas que yerran son tomados por locos, o por charlatanes de feria. Y si un científico actúa como un charlatán le hace un flaco favor a sus propias investigaciones y a los colegas que estudian los mismos temas. Todos los que no tenían mucho interés en creer en el cambio climático se han agarrado a ese fallo como a un clavo ardiendo. Y el cambio climático no es una invención, existe de veras, como puede comprobarse, por ejemplo, en el documental de Al Gore, Una verdad incómoda, o en el fantástico artículo del National Geographic de este mes sobre la retirada de los hielos.

Pero si ustedes quieren, de eso hablaremos otro día; cuando se deshielen un poco más los polos.