"Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, la Europa prisionera volvió los ojos con esperanza o con desesperación hacia la libertad de los EEUU. Lisboa se convirtió en el más importante punto de partida. Pero no todos podían llegar directamente a Lisboa. Así nació una tortuosa ruta de refugiados. De París a Marsella. A través del Mediterráneo a Orán. Y desde allí en tren, o a automóvil o a pie, bordeando África, hasta Casablanca, en el Marruecos francés. En ella, los afortunados, con dinero, influencia o suerte, pueden obtener visados y viajar hacia Lisboa. Y desde allí al Nuevo Mundo. Pero los demás esperan en Casablanca. Y esperan. Y esperan. Y esperan."Así comienza Casablanca, la mítica película que cuenta los avatares que suceden en una ciudad claustrofóbica controlada por la Francia ocupada a la que llegan muchos fugitivos en busca de un avión que los aleje del conflicto bélico y de la persecución nazi. La corrupción, las influencias y el más acendrado altruismo, juntos y aun revueltos en algún personaje, conviven en un lugar del que es casi imposible escapar.
Tras varios días esperando infructuosamente el nacimiento de Diego, uno se siente un poco como los personajes encerrados en Casablanca en busca de un salvoconducto. Esperamos, esperamos y esperamos. Sólo nos queda el consuelo de que, cuando el ansiado día vea la luz, asistamos al inicio de una gran paternidad...