Ayer por la noche, ya no cantó el grillo que amenizaba nuestras noches, no encendió la oscuridad con su monótono cri cri, o gri gri (no sé bien, que no entiendo el dialecto de los grillos).El grillo no cantó anoche, ni antes de anoche, y mucho me temo que su final no ha sido mejor que el de su predecesor, porque es complicadísimo salir del patio interior en el que él solito se había recluido, y más aún salir vivo si se es un grillo macho de alas estridentes.
Hace dos semanas, en medio de la plaga de grillos que asolaba Palma del Río, me desperté más tarde de las tres de la mañana (des)arrullado por su canto de amor, que se me estaba clavando en los tímpanos entre la oscuridad de la noche y el sopor del insomnio. A la media hora de conciertazo, se oyó el crujir de una puerta y salir a alguien (quizá el mismo Fernando Argenta). Acto seguido, el noctámbulo descargó un furioso zapatillazo sobre el infeliz enamorado. Volvió todo junto: el silencio, el descanso, la alegría y el gozo: la carga de la infantería ligera había realizado su misión con éxito.
La brigada no fue, sin embargo, tan eficiente con el grillo que le sucedió en el cargo. Pasaron noches y más noches (¿por qué los grillos son nocturnos?, ¿por joder?) y el grillo campaba a sus anchas como un topillo castellanoleonés. Daban ganas de gritarle por la ventana que cómo se iba a comer un colín con esa mierda de canción que cantaba, todo el tiempo igual, pero, como he dicho antes, desconozco el dialecto de los grillos. Además, era imposible que una grilla alcanzase el patio donde se encontraba el feroz amador de cricris amplificados. Por el volumen podría haber atraído a hembras de varios kilómetros a la redonda, todas alrededor del edificio suspirando por el Ricky Martin de la especie. El ruido era tan descomunal que una noche me dio la tentación de llamar a la Policía Local para que midiera los decibelios del grito del colega. Hubiera sido desternillante que lo hubieran detenido y encarcelado después, cómo no, en una jaula de grillos.
Mejor le hubiera ido, porque las ganas de echar un polvo (pobrecillo, si él sólo pretendía perpetuar su especie) le han costado la vida. Su cadáver aparecerá, tarde o temprano, aplastado en una cuneta, como los de los chivatos de la mafia, por haber cantado más de la cuenta.


