La prensa francesa y parte de la prensa española han criticado hoy el rescate que Nicolas Sarkozy llevó a cabo ayer mismo en el Chad, y no cabe ninguna duda de que el protagonismo que ha adquirido Monsieur le Président en este contencioso no deja de tener cierto afán electoralista y, en cierto modo, populista. No obstante, el éxito de su mediación es innegable, aunque muy probablemente los puntos estuvieran pactados antes de que Sarkozy emprendiera el vuelo hacia Yamena. La cortesía de acercar a casa a las personas liberadas de su país vecino es un gesto que le honra, máxime cuando los ciudadanos de España no pueden votarle en unas elecciones (y mira que cada vez son más los que, al sur de los Pirineos, estarían encantados de poder elegirlo como gobernante).Con todos sus errores, Sarkozy posee varias cualidades que lo diferencian de los políticos que sufrimos en España: un indudable carisma, una simpatía arrolladora y un admirable afán de solucionar los conflictos humanitarios que surgen en diversos países del mundo (lástima que en Francia no actúe de la misma forma). Y ahora que su mujer no puede ayudarle en esa encomiable tarea, el presidente francés no tiene otro remedio que solucionar estos asuntos en persona.
A mí, particularmente, me encantaría que, en un trance semejante, cuando en mi país estuvieran seguros de que me están encausando injustamente, mi gobierno se esforzase por todos los medios en lograr mi liberación. Y que el presidente en persona, con el avión gubernamental, el Air Force One español pagado con los impuestos de todos los contribuyentes, viniera en mi busca, sería todo un símbolo. Eso es, en realidad, lo que me parece más interesante de la actuación de Sarkozy: el mensaje de que todos los resortes del estado se ponen en funcionamiente cuando uno de sus ciudadanos se encuentra en peligro.
Lo que hubiera ocurrido si la solución del caso hubiera dependido de la diplomacia española o de nuestro gobierno pertenece al mundo de los futuribles al que tan apegados están aquellos que gustan de decir cosas que no pueden ser demostradas. Pero, por si acaso, si una situación similar me ocurriera en mis viajes al extranjero, ya no gritaré a los cuatro vientos aquello tan manido de "Soy ciudadano americano". Al contrario: si mis malos pasos me llevan a tan inhóspito calvario, pediré un crepe y un ricard, pondré un incofundible acento parisino y pronunciaré con desusada calma: "Je suis français. Díganle a Sarkozy que venga a buscarme".