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martes, 12 de enero de 2010

Invasión de loísmos (el aguijón en el vocablo)

Leo La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, junto a la estufa de leña en este invierno de perros que hasta finales de noviembre parecía un otoño de ángeles y una frase llama poderosamente mi atención, igual que palabras como hasi por así o envede por en vez de (triste pero cierto) que encuentro en algunos ejercicios de mis alumnos.
Advierto de que la frase en cuestión puede ser perjudicial para la salud lingüística de los lectores, así que, si por casualidad lees esto y no has cumplido 18 años, cambia de blog.

"Siempre es reconfortante que lo aseguren a uno que no se ha vuelto paranoico" (página 189).
Puede que eso sea cierto, pero más cierto es aún que esa frase no reconforta a nadie aunque no sufra de paranoia. Ese lo nocivo, dañino y detestable ataca los oídos y los ojos de todos menos de la traductora, Isabel González Gallarza. No descarto que reciba comisión de otorrinos y oftalmólogos afectados por la crisis.

Y el caso es que cada vez me encuentro con más ejemplos de loísmo, es decir, el empleo de lo, que debe usarse para el complemento directo, para referirse al complemento indirecto. En la oración de La elegancia del erizo, el C. directo es "que no se ha vuelto paranoico" y el lo se refiere a uno, que es el C. indirecto, y por tanto habría que sustituirlo por le invariable en género. En este tiempo he oído varios ejemplos más, como "Dalo vuelta" por "Dale vuelta (a la ensalada)" o "Lo echamos un vistazo" por "Le echamos un vistazo".

El loísmo avanza por estas tierras castellanas a buen paso porque, en mi opinión, hay una tendencia a corregir el leísmo y laísmo endémicos del castellano del centro de España (presente en Quevedo y tantos otros), lo que origina hipercorrecciones, es decir, correcciones erróneas: escribir un lo donde correspondería el le que el hablante hubiera empleado si no buscara corregir ese fallo.

Así, en el mundo periodístico hoy se oyen pero, sobre todo, se leen unos lo (incluso correctos), dignos de novela hispanoamericana, prácticamente inéditos, pues en España el leísmo de persona está muy extendido e incluso aceptado por la RAE.

Y eso ha llegado ya a la traducción. Ya se sabe: traduttore...

lunes, 23 de noviembre de 2009

La desaparición del cuyo entra en el Diccionario de Autoridades

Hace dos años largos, cuando comenzaba su intermitente singladura la Blogse, escribí una entrada titulada "En busca del cuyo perdido". Culpaba entonces a la prensa en general de la desaparición (en la escritura, porque en la lengua oral es irrecuperable) de ese determinante relativo que un día también fue pronombre (observable hoy como un fósil del Pleistoceno en un famoso poema de Quevedo) y que en la actualidad no es nada o casi nada.
Pero he aquí que, leyendo un texto de Julio Llamazares (protagonista también de los primeros titubeos de la Blogse), titulado El cielo de Madrid, descubro que algunos escritores también han optado por desterrar al cuyo del lugar que el castellano le había encomendado hasta nuestro tiempo.
"Pasados los dos primeros, de los que ni siquiera llegué a saber el nombre, tan rápido se pasaron[...]", escribe Llamazares sin lágrimas, sin sospechar que ha relegado al tímido y apocado cuyo al paro en tiempos de crisis, sin percatarse siquiera de que la frase "pasados los dos primeros, cuyos nombres ni siquiera llegué a saber" es más económica y más eufónica que la suya. Y sin saber tampoco que su frase podría ser empleada por un anti-Diccionario de Autoridades, al estilo de los primeros que elaboró la RAE, de palabras que han sido abandonadas por su propia sangre e inician el largo camino hasta petrificarse en materia de estudio de la paleontología.

(Julio Llamazares, en una imagen de www.elcorreodigital.com)

El aguijón en el vocablo

jueves, 26 de marzo de 2009

Y no hallé cosa en que poner los ojos...

Hace unos días, mi hermano Diego colgó en su blog una viñeta de El Roto titulada Oficina de empleo en la que aparecía el marco de una puerta por la que pasaban casi en círculo una multitud de personas grises, tristes, sin esperanza, condenadas a atravesar una y otra vez por el maldito marco de la oficina. La sensación de destino inalterable me recordó los castigos envenenados de la mitología griega, pero además me trajo a la mente una imagen no mitológica, sino real. La vi saliendo de Úbeda el lunes posterior al día de Andalucía frente a la tosca plaza de toros ubetense, que, pese a estar construida en el siglo XIX, más bien parece un castro prerromano. Justo en la otra acera se concentraban más de cien personas. Observé el gentío y pude ver que se dirigía hacia una oficina de empleo.
Me restalló Quevedo en la cabeza: "Y no hallé cosa en que poner los ojos/ que no fuese recuerdo de la"... crisis.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Juan Pérez de Montalbán y las Lágrimas panegíricas

Escritor de gran éxito durante su corta vida, Juan Pérez de Montalbán se crió rodeado de libros en el establecimiento de su padre, que regentaba una de las principales librerías del reino. Alonso Pérez editaba nada menos que a Lope, a quien le unía una franca amistad entreverada de intereses (mutuos), y Juan, cuarenta años más joven que el Fénix, se convirtió en su más fiel y amado discípulo, lo cual pudo granjearle algunas enemistades en la controvertida y fragmentada república literaria de la primera mitad del siglo XVII.

El ataque más furibundo se lo lanzó Quevedo, quien lo hirió, fustigó, desangró, rebanó, desconyuntó, desolló, reventó y descostiñó en La perinola tras la publicación de una obra miscelánea con visos enciclopédicos que Montalbán tituló Para todos.

Para zaherirlo aún más profundamente, Quevedo lo llamó "retacillo de Lope", algo que, por cierto, siguen manteniendo algunos de los principales manuales de historia de la literatura española. Montalbán se rehízo de las críticas como pudo al amparo de su padre y de Lope, pero unos años más tarde, en 1635, comenzó a sufrir los primeros achaques de la enfermedad que acabaría prematuramente con su vida.

En los años siguientes, el ignoto mal continuó agravándose. José Quintana, un gran amigo suyo, llegó a escribir que la enfermedad le redujo, hasta en el modo de hablar, al estado de niño. A algunos de sus contemporáneos, treinta años después de la publicación de la primera parte de El Quijote, les da por pensar que Montalbán ha contraído el mismo mal que el caballero andante. "Y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio.”

Sin embargo, Montalbán no recupera la cordura al final de sus días y muere en 1638, tres años después de los primeros síntomas de la enfermedad. Las penosas circunstancias de su muerte provocaron que muchos ingenios de la época, estremecidos, llorasen su muerte y homenajearan al infeliz difunto y al malogrado amigo. El resultado son las Lágrimas panegíricas, una compilación de poemas fúnebres y textos de homenaje a Montalbán, dirigida por Pedro Grande de Tena, amigo del difunto, quien curiosamente ejerció el mismo papel que el propio Montalbán en el homenaje que éste preparó a la muerte de su maestro y mentor: la Fama póstuma a la vida y muerte de frey Lope Félix de Vega y Carpio.