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miércoles, 21 de mayo de 2008

Los patios de Córdoba (II)

En el cuidado de los patios suele verse a un hombre o una mujer mayor moviéndose con diligencia entre los visitantes o sentado a la salida junto al cestillo de las voluntades. Viéndolos, uno se pregunta si la tradición perdurará o si se extinguirá poco a poco, según vayan desapareciendo quienes hoy la mantienen viva.
Esta vez había en san Basilio muchos menos patios abiertos que otros años. Yo siempre he ido de noche, bajando por la tortuosa calle totalmente repleta de gente que baila bajo los espesos ramajes de rejas y balcones, y de otra que espera las colas para acceder a algún patio, lo bastante numerosos como para tener que cruzar constantemente de una acera a otra.
Este año, sin embargo, sólo se podía entrar en cuatro o cinco casas. El patio de la foto de ayer, que recibía habitualmente algún premio del concurso, estaba cerrado a cal y canto. Fui buscándolo expresamente hasta que me di de bruces contra la puerta. Desconozco si las razones están relacionadas con la pérdida de la tradición, o del interés, o si responden al contencioso que los vecinos mantienen con el Ayuntamiento de Córdoba. Las calles del Alcázar Viejo estaban forradas de pasquines que advertían de que un representante de la Corporación municipal, presidida por Rosa Aguilar, iba a reunirse con las asociaciones del barrio y anulaban una manifestación convocada el lunes pasado para pedir aparcamientos y servicios sociales.
Tal vez por eso han abierto menos vecinos las puertas de sus casas, cuando en otros barrios no ha ocurrido lo mismo. En la Axerquía, el barrio que se edificó tras la llegada de Fernando III el Santo (donde están las llamadas iglesias "fernandinas"), se podían visitar multitud de patios. Yo los visité todos (o casi todos) el año que viví en Córdoba capital, precisamente en ese barrio, junto a San Andrés, que está un poquito más abajo de San Pablo. Aparte de a mis dos santos, tenía muchos patios cerca, en San Agustín y Santa Marina, incluidos los del Palacio de Viana.
Este domingo se han cerrado al público las puertas de los patios hasta el año que viene, pero en Córdoba hay poco tiempo para las lamentaciones. La feria aguarda a la vuelta de la esquina.

lunes, 19 de mayo de 2008

Los patios de Córdoba (I)


El año tiene doce meses (que se corresponden con las doce causas de Telecinco), pero los cordobeses se empeñan en apiñar todas sus fiestas, una tras otra, en el mes de mayo. En él se suceden vertiginosamente, semana tras semana, las cruces, los patios y la feria de Nuestra Señora de la Salud, y aún les queda tiempo para insertar entre medias la cata del principal vino de estas tierras, el Montilla-Moriles.

El sábado fui a Córdoba de patios, y no hacía falta ser Sherlock Holmes (¡no!, ¡otra vez Holmes, no, por favor!) para averiguar dónde se encontraban, porque venían anunciándolos hordas de ávidos visitantes apostados ante sus portales

En San Basilio, una de las zonas de patios, rejas y balcones más típicas, ríos de gente se arremolinaban, sitiaban las calles estrechas y se arracimaban en torno a las puertas. Entre la multitud se destacaban los guías turísticos, que comandaban grandes grupos con la ayuda de un paraguas tan maravilloso como el de Mary Poppins y tan embriagador como la flauta del flautista de Hamelín.

La visita a los patios es bien sencilla: uno se va apostando a las colas que se le van ofreciendo (aunque con Diego y su sillita, Adela y yo no teníamos otro remedio que irnos turnando) y entra por el zaguán que desemboca en el patio propiamente dicho. Después, describe un círculo o un rectángulo perfecto y se vuelve con viento fresco por la misma entrada aunque por el lado opuesto, en un movimiento contrario al de las agujas del reloj.

El personal suele ir bien pertrechado de cámaras de fotos y de vídeo, y dedica los minutos que disfruta en el interior del patio a fotografiarlo compulsivamente mientras otros escudriñan con interés el pozo que adorna muchas de estas corralas con tanto apasionamiento que a veces entran ganas de decirle a alguno lo del chiste: "Sí, señor, sí. Ha acertado usted: esto es un pozo".

Por lo demás, los patios suelen estar repletos de flores, que destacan en sus macetas sobre el blanco encalado de las paredes, y desprenden el encanto que provoca el retorno a un tiempo que en muchos otros lugares está ya muerto y enterrado.