
Los primitivos cristianos tomaron de los griegos y egipcios la figura mitológica del Ave Fénix para representar la resurrección de Cristo. El Ave Fénix era un soberbio pájaro originario de Arabia cuyas plumas estaban teñidas de hermosísimos colores. Cuando el ave sentía que se acercaba su final, preparaba con mimo su lecho de muerte, del que resurgiría un ave fénix, pasados, si no recuerdo mal, nueve años. Este extraño fenómeno inspiró la metáfora cristiana que vinculaba la resurrección de Cristo con la del ave. Pero el Fénix, último asidero de los que no esperamos una vida futura, no renace de sus cenizas, como se dice habitualmente, o sea, que no resucita. Lo que nace es un Ave Fénix diferente, su hijo, por decirlo así. Es un procedimiento de reproducción inaudito y único, pero procedimiento de reproducción, al fin y al cabo, no de resurrección. Esta peculiar forma de gestación consigue un control absoluto de la población de la especie, mucho más efectivo que el que realizan las autoridades chinas. El número de individuos es siempre el mismo y esto no lo puede negar absolutamente nadie, más allá de que el animal exista o no exista. De hecho, se puede decir que el Ave Fénix, como la energía, ni se crea ni se destruye, sino que se transforma en un invididuo nuevo, un nuevo Fénix que vivirá tanto tiempo como seis hombres. Sus restos mortales serán el embrión del que surja el nuevo ser.