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viernes, 11 de enero de 2008

Las tropas napoleónicas de Trafalgar


El ayuntamiento de Londres quiere ocupar el único pedestal vacío que queda en Trafalgar Square, una plaza de obligada visita para los turistas que visitan la ciudad y que sirvió en su momento para celebrar la victoria de las tropas británicas en 1805, según Brenda Otero, periodista de El País de nombre sensaciondeviviresco, "contra las tropas napoleónicas". Sé que la memoria histórica (en general, no sólo la que concierne al siglo XX) no es precisamente uno de nuestros puntos fuertes, pero hay casos que rayan con la ignorancia más absoluta. Para información de Brenda Otero, y de los responsables de El País que han dado el visto bueno a esa noticia, la escuadra contra la que se enfrentaron los ingleses estaba formada por más navíos españoles que franceses. Tan español se consideró el combate que los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós comienzan con una novela llamada Trafalgar, y no porque a su autor le gustara mucho ese precioso cabo de la costa gaditana. Debería saber Brenda Otero que en la batalla perdieron la vida ilustres marinos españoles que habían demostrado no sólo su arrojo y su valor en la lucha, sino también unas espléndidas dotes intelectuales fuera del ardor guerrero. Churruca, Alcalá Galiano y posteriormente Gravina fallecieron en Trafalgar, igual que Nelson. España no pudo llenar el vacío que provocó en la armada la pérdida de sus hombres y de sus barcos, entre ellos el Santísima Trinidad, una embarcación mítica. La derrota acabó con el poderío naval español y dejó los mares libres a los navíos británicos.

Que la escuadra franco-española fuera comandada por Villeneuve, almirante a las órdenes de Napoleón, no significa que los ingleses vencieran a las tropas napoleónicas. Los marinos españoles servían a su Rey, aunque ese deleznable y cobarde Rey se hubiera convertido en un súbdito más del ambicioso e insaciable Napoleón Bonaparte. Pero ésa es otra historia.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Divide y vencerás: las posibles consecuencias del fuego amigo


Cuando un elemento nuevo entra en un sistema estructurado (esto lo sabemos muy bien quienes hemos estudiado la gramática de Hjelmslev en la traducción de Emilio Alarcos), el sistema se altera por completo. El sistema que forma la prensa escrita española se ha alterado repentinamente por la irrupción del periódico Público, que ha provocado reacciones diversas entre los demás miembros de la red periodística. Su inquietud ante el nuevo medio se debe fundamentamente a que pertenece a una incipiente pero poderosa empresa que aspira a competir en igualdad de condiciones con los asentados grupos de comunicación valiéndose de una televisión, la Sexta, un periódico, Público, y una radio, que no tienen aún pero que no tardarán en conseguir.

En un sistema, las piezas que primero varían son las que están más cerca de la que se ha incorporado. La pieza más próxima a Mediapro es, por varios motivos, Prisa: ideología progresista y buena sintonía con el gobierno. Por eso, Prisa y Mediapro entran en competencia directa tanto en lectores como en favores.

La desmedida reacción de El País ante la actitud del gobierno sobre la llamada guerra del fútbol, el bautizado por Felipe González como fuego amigo, ha puesto de manifiesto dos cosas: por un lado, el recelo de Prisa, los aliados tradicionales del PSOE, por la llegada de unos nuevos aliados que pueden desplazarlos de su privilegiado lugar en el poder político; por otro lado, ha mostrado la falta de ética que preside los grupos de comunicación actuales, cuya línea editorial no es firme ni responde a convicciones serias, sino que cambia radicalmente si el partido al que apoyan no defiende sus intereses económicos.

Como la mafia siciliana de El Padrino, El País ha dejado en la cama de Zapatero una cabeza de caballo, una oferta que el Presidente quizá no pueda rechazar. La aparición de un nuevo medio de comunicación es siempre una buena noticia, pero para el PSOE puede acabar siendo un verdadero quebradero de cabeza. El fuego amigo puede provocar unos daños que podría aprovechar con gusto el PP agarrándose sin esfuerzo alguno a la vieja e insoluble máxima que tantos triunfos ha proporcionado a lo largo de la historia; aquella sabia máxima que dice: "Divide y vencerás".