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lunes, 21 de enero de 2008

El patrón sin barca.

Ayer fue el día de S. Sebastián, el patrón de Palma del Río. El hecho no dejaría de entrar en la normalidad de cualquier pueblo si no fuera porque parte de la población palmeña ignora que S. Sebastián es el santo patrón de su localidad.
Ayer, una hermandad recuperó una procesión que había dejado de salir a la calle desde hacía más de 50 años. Tal abandono es, si cabe, más doloroso porque la Virgen de Belén, la patrona, disfruta, no de una, sino de varias procesiones al año que la conducen a las principales iglesias del pueblo. San Sebastián, en cambio, fue perdiendo galones. Su día dejó de ser festivo en lejano año y se trasladó a la resaca posterior a la feria de mayo. San Sebastián fue perdiendo galones, digo, su día de fiesta y hasta su procesión, y ha ido acumulando polvo, telarañas y tristeza mientras veía con los ojos llorosos el paso triunfal de la Virgen de Belén jaleada a gritos por el fervor de sus devotos.
Ayer, sin embargo, los cohetes pregonaron la festividad de un santo que, tras décadas de olvido, volvió a sentir en la calle el calor de sus fieles.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Fortuna, traidora, te vas de mudança

La Fortuna traidora me ha deparado una desagradable sorpresa precisamente hoy, que por la mañana había cerrado triunfalmente mi legislatura en el consejo escolar de mi instituto. Pero la Fortuna, como la luna, es voluble, a veces, en extremo: a las 12:00 estaba situado en la parte alta de su rueda indomeñable, donde viven los triunfadores, los ricos, los poderosos y los vividores al estilo de Marc Ostarcevic, mientras que a las 17:00 me rodeaban perdedores, villanos y desgraciados del más vario pelaje. Saludé a don Álvaro de Luna, cabeza del Reino que le cortó la suya en Valladolid sin temblores absurdos, y me dirigí adonde el azar, la suerte, el insustancial laberinto de la Providencia me habían conducido: a formar parte de la mesa electoral para nombrar a los representantes de los alumnos en el consejo escolar de la escuela oficial de idiomas de Palma del Río. La tarde se presentaba, pues, triste, fría y lóbrega, sobre todo lóbrega, como diría mi padre.

La mesa estaba colocada en el pasillo, enfrente de la puerta de entrada, lugar estratégico para que ningún alumno pudiese ignorar nuestra presencia y para que el aire frío que ya va aposentándose por estos lares rebozase nuestros cuerpos de un material semejante a la escarcha gaseosa. Tan aburridos eran los comicios (el acto electoral) que se había aderezado con la votación de unas postales navideñas que competían por un concurso organizado por la escuela, lo cual aportó un relativo entretenimiento a lo que no podía dejar de ser un insoportable y soporífero enclaustramiento forzoso. De las cuatro tarjetas seleccionadas por las altas instancias, sólo una destacaba con cierto encanto: un árbol de navidad compuesto de manos de diferentes tamaños y colores, reunidas con cierta armonía y gracia. Las demás pecaban de puerilidad o recordaban excesivamente dibujos navideños que se pueden imprimir directamente desde internet incurriendo, eso sí, en un detalle significativo: el plagio.

Salí del instituto/escuela oficial de idiomas de Palma a las nueve de la noche, doce horas y media después de haber entrado en el mío. La victoria final se había dirimido en el último momento y por escasos votos. La traidora y contumaz Fortuna, cuyos desvaríos han cantado tantos poetas en tantos siglos, aumentaba su inabarcable leyenda y dejaba en mi cuerpo marcas profundas e indelebles: la resaca habitual tras la ingestión de una tediosa gragea de la vida eterna.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Foto sin metáfora: el puente nuevo de Palma del Río

El avezado lector de La Blogse habrá deducido de la imagen que este blog se va de puente estos días, como ocurrió en el del Pilar, con la foto del Ponte de Vasco de Gama, de Lisboa; pero, en este caso, querido lector, se ha pasado usted de listo. En esta foto, hecha hace apenas unas horas, aparece el nuevo puente de Palma del Río. Aún se encuentra en obras, como puede apreciarse en la imagen, pero en un par de meses estaremos estrenándolo, eso sí, con medio año acumulado de retraso. ¿Qué obra pública no sufre retrasos hoy día? Que se lo pregunten a Magdalena Álvarez.
Pero hablábamos del puente nuevo de Palma del Río. Por haber, hay otro que atraviesa el Guadalquivir, estrecho y antiguo, mitad de piedra y mitad de hierro, por el que los usuarios de la estación de Renfe, al otro lado del Guadalquivir, se juegan la vida a diario. Cuando hay niebla, los viandantes parecen fantasmas que exhala el río.

Todos los pueblos del mundo tienen una reivindicación de infraestructuras que no llega nunca, pero que parece estar proyectándose a diario. En Palma del Río, la reivindicación era un puente nuevo, ancho, casi diría que navegable. Cuando vine a visitarla por primera vez, allá por el año 2001, me topé de bruces con la romería de la Virgen de Belén y, por tanto, con el único acceso por la carretera vieja Córdoba-Sevilla cerrado. La Guardia Civil me indicó el desvío que debíamos tomar para entrar en la ciudad: unos diez kilómetros. Ese mismo año, un compañero del instituto me habló del puente. Supuse que, en el imaginario colectivo de Palma del Río, el nuevo puente sobre el Guadalquivir (porque la ciudad tiene otro río, el Genil) desempeñaba el mismo papel que en Medina de Rioseco representa la autovía Valladolid-León.

De momento, la reivindicación palmeña se cumplirá en Navidad como si fuera un regalo de Reyes. Sólo nos quedará entonces disfrutarlo con salud.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Un patio de grillos

Ayer por la noche, ya no cantó el grillo que amenizaba nuestras noches, no encendió la oscuridad con su monótono cri cri, o gri gri (no sé bien, que no entiendo el dialecto de los grillos).

El grillo no cantó anoche, ni antes de anoche, y mucho me temo que su final no ha sido mejor que el de su predecesor, porque es complicadísimo salir del patio interior en el que él solito se había recluido, y más aún salir vivo si se es un grillo macho de alas estridentes.

Hace dos semanas, en medio de la plaga de grillos que asolaba Palma del Río, me desperté más tarde de las tres de la mañana (des)arrullado por su canto de amor, que se me estaba clavando en los tímpanos entre la oscuridad de la noche y el sopor del insomnio. A la media hora de conciertazo, se oyó el crujir de una puerta y salir a alguien (quizá el mismo Fernando Argenta). Acto seguido, el noctámbulo descargó un furioso zapatillazo sobre el infeliz enamorado. Volvió todo junto: el silencio, el descanso, la alegría y el gozo: la carga de la infantería ligera había realizado su misión con éxito.

La brigada no fue, sin embargo, tan eficiente con el grillo que le sucedió en el cargo. Pasaron noches y más noches (¿por qué los grillos son nocturnos?, ¿por joder?) y el grillo campaba a sus anchas como un topillo castellanoleonés. Daban ganas de gritarle por la ventana que cómo se iba a comer un colín con esa mierda de canción que cantaba, todo el tiempo igual, pero, como he dicho antes, desconozco el dialecto de los grillos. Además, era imposible que una grilla alcanzase el patio donde se encontraba el feroz amador de cricris amplificados. Por el volumen podría haber atraído a hembras de varios kilómetros a la redonda, todas alrededor del edificio suspirando por el Ricky Martin de la especie. El ruido era tan descomunal que una noche me dio la tentación de llamar a la Policía Local para que midiera los decibelios del grito del colega. Hubiera sido desternillante que lo hubieran detenido y encarcelado después, cómo no, en una jaula de grillos.

Mejor le hubiera ido, porque las ganas de echar un polvo (pobrecillo, si él sólo pretendía perpetuar su especie) le han costado la vida. Su cadáver aparecerá, tarde o temprano, aplastado en una cuneta, como los de los chivatos de la mafia, por haber cantado más de la cuenta.