Mostrando entradas con la etiqueta Garcilaso de la Vega. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Garcilaso de la Vega. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de noviembre de 2007

Variaciones sobre el carpe diem

Se leía en clase de Adela el Soneto XXIII de Garcilaso de la Vega, cuyo tema principal es, como todos ustedes recordarán, el carpe diem:

En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar, ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.

Tras su lectura, Adela preguntó qué quería decir este poema y contestó una alumna:
- ¿Que lo que se van a comer los gusanos, que lo disfruten los cristianos?

La anécdota me trajo a la memoria el escolar (y conocidísimo) pasaje del Juan de Mairena en el que el alter ego de Antonio Machado le pide a un alumno que pase a lenguaje poético la frase "Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa". El muchacho escribe en la pizarra: "Lo que pasa en la calle".

¿El Soneto XXIII de Garcilaso viene a decir que lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los cristianos? Bueno, más o menos. "No está mal", respondería el maestro.


martes, 25 de septiembre de 2007

Hernando de Acuña, capitán y poeta

Conocido sobre todo por un soneto que encarna bellamente la idea imperial de Carlos V, Hernando de Acuña compuso una interesante obra poética en metros castellanos y en los metros italianizantes que trajeron a España Boscán y Garcilaso, a quien Acuña conoció poco antes de la muerte del toledano en la fortaleza de Muy.
Hernando de Acuña era casi 20 años más joven que Garcilaso y vivió casi 60 años. Pese a todos los avatares con los que se enfrentó (su vida, como la de tantos personajes de su época, merecería cientos de novelas), murió de viejo, muy probablemente en Granada.
El mundo lo recibió, sin embargo, en Valladolid. Dejó su ciudad natal siendo "muy mochacho" para servir al Emperador en Italia junto a su hermano Pedro, amigo por cierto de Garcilaso, y su destino, o su servicio, lo llevó por muy diversos lugares de Europa (Flandes, Alemania, Francia...) y de África, donde tuvo que hacerse cargo de una plaza amotinada.

Después de 15 años de trabajos para el Emperador, entre otros, la versificación de la traducción hecha por el propio Carlos V de su obra favorita, El caballero determinado, volvió a pisar tierras castellanas. Seguramente entre Valladolid y Madrid escribiera un Memorial en el que relata los hechos más notables de su vida en beneficio del Emperador y de su hijo, el ya rey Felipe II, para que se le otorgara algún pago por los servicios realizados. Acuña, que ha dejado su tierra muy joven, que se ha pasado años y años luchando con las armas y con la diplomacia por muchas partes del mundo, que se ha encargado en importante ocasión de la protección de Carlos I, que ha participado en grandes batallas, como la de San Quintín, tiene que pedir dinero a Felipe II porque durante esos años ha incurrido en unos gastos que nadie le ha pagado. Ha gastado su vida y su renta en luchas que en realidad ni siquiera eran suyas. Y lo ha hecho por deber y por lealtad a su Corona.
La obra de Acuña se resiente de las evasivas de Felipe II, quien le encarga a algún súbdito que se le dé algo por ser quien es. Y, sin embargo, Acuña sigue defendiendo fielmente los intereses de su rey en Granada, acompañado por su amigo Diego Hurtado de Mendoza, quizá con una frase revoloteándole por la cabeza como una mariposa loca, una frase vieja de cantar antiguo: "Dios, que buen vasallo, si oviesse buen seior".