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lunes, 17 de diciembre de 2007

Trágico erostratismo


Hace un par de semanas, en EEUU (que es donde suelen ocurrir estas cosas) un joven de 19 años agarró un arma de fuego y descargó su ominoso contenido indiscriminadamente sobre otros otros seres de su misma especie. El interfecto grabó un vídeo, como acostumbran a hacer los suicidas del siglo XXI, en el que explicaba los motivos de su acción. En él, el desequilibrado aseguraba que él mismo era una mierda, pero que tras perpetrar el delito infame que estaba preparando iba a hacerse famoso.

De la frase no comprendí bien la adversación, es decir, el pero. Uno puede ser una mierda anónima o una mierda célebre: lo cortés no quita lo valiente. En el argumento, el joven estadounidense confundía la velocidad con el tocino. No obstante, el extraño razonamiento del sujeto está hoy más de moda que nunca y se basa en un fenómeno cada día más común y cada vez más definitorio del mundo contemporáneo. Dicho fenómeno recibe el nombre de erostratismo (aunque podría haber tomado perfectamente el de síndrome de Eróstrato).

Eróstrato, un grieguecillo de a pie, normal y corriente, anónimo, que decimos ahora, pastor por más señas, deseaba que su nombre fuera recordado eternamente por encima de todas las cosas. Como no veía el modo de alcanzar celebridad por sus virtudes, su enfermizo cerebro planeó el modo en que su nombre permaneciera por siempre en la memoria de los hombres de todas las épocas: quemar el templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo, que quedó completamente destruido.

(Continuará)