Ahora que dar un azote se considera trato vejatorio, salvajada y experiencia traumática, y que a los criminales más execrables se les trata correctamente en las cárceles, construidas (en principio) con la intención de rehabilitarlos, los castigos que los dioses griegos infligían a todos aquellos que infringían las normas (perdóneseme el juego de palabras) destilan una furia, una dureza y una inventiva sin límites. En este blog hemos tratado el castigo que Zeus impuso a Atlas en una entrada sobre un lied de Schubert y un poema de Heine protagonizado por el titán rebelde. Pero en la mitología griega puedes cargar para siempre con la bóveda celeste y no salir del todo malparado. A castigos más crueles fueron condenados otros seres mitológicos. Zeus encadenó a una roca a Prometeo, el protector de los hombres (y, según algunas historias, su creador). Todos los días se lanzaba a devorar su hígado un buitre (al que Unamuno dedicó uno de sus mejores poemas: "A mi buitre") y el inclemente hígado crecía invariablemente por la noche para no dar fin jamás a su sufrimiento. [Prometeo tuvo suerte: fue rescatado por Heracles]El suplicio del soberbio y parricida Tántalo no es menos terrible. Zeus, harto de sus desmanes, lo recluyó en un apacible lago bajo un espléndido árbol lleno de apetitosas manzanas. Pero el agua y las manzanas lo rehúyen cuando le entran sed o hambre, así que se ve obligado a pasar penalidades con el agravante de tener al alcance de la mano lo que podría saciar su apetito voraz.
Sísifo debe sufrir una insatisfacción semejante a la de Tántalo. Está condenado a subir una piedra por la ladera de una montaña hacia una cima que nunca corona, porque la roca se le escapa de entre las manos y regresa inexorablemente a su posición de inicio. Desde allí Sísifo reinicia pacientemente su trabajo sin cambios y sin éxitos.
Los dioses griegos demostraban estar tocados por la divinidad en la imposición de castigos. Sus penas poseen una grandeza y una altura imposibles entre los mortales. La inmortalidad es lo que aumenta las penas y las sublima, lo que las hace aterradoramente dolorosas y temibles. Nosotros, los humanos, podemos escapar a esos castigos, pero no los eternos Prometeo, Tántalo y Sísifo, sometidos a un castigo reiterado del que no pueden sustraerse y que convierte el placer de la vida sin fin en un sinsentido insoportable. Para ellos, la muerte sí tiene sentido; porque para ellos no sirve aquello tan humano de "No hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista".
