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lunes, 30 de noviembre de 2009

Diego cumple dos años

Hace ya dos años que me presentaron en una habitación del hospital de la Cruz Roja de Córdoba a un bebé que intentaba sobreponerse del frío con el que había nacido con un pijama amarillo y un gorrito azul que prácticamente le tapaba toda la cara. Hoy lo hemos celebrado por todo lo alto con unos regalos que han atacado directamente a sus tres grandes pasiones (si exceptuamos el fútbol): Pocoyó, los coches y... los zapatos.
(Este año se me ha pasado volando. Sólo me ha dado a escribir nueve entradas...)

Coronado desde primera hora de la mañana en la guardería, Diego ha gobernado magnánimamente sobre el aparcamiento de Imáginarium, sus coches y demás posesiones. En la última foto, con mi hermana Alicia y José.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Cumpleaños (o cumpleaño) de Diego

He estado tan ocupado con las evaluaciones (que en mi instituto se han adelantado a esta semana por mor de la asistencia de los alumnos los últimos días -como si la mayoría no asistiera per se-) que entre corregir exámenes y hacer cuentas para poner las notas no me ha dado tiempo a celebrar en el mundo bloguero el cumpleaños de Diego (cumpleaño sería más exacto), que fue el domingo. Los cambios que se han operado en estos 366 días de año bisiesto quedan muy claritos si se comparan las fotos de esta entrada con la que colgué cuando nació. Diego pesa ahora tres veces más y ha ganado un 50% de estatura. Si aprovechásemos igual todos los años de nuestra vida...

Diego, pasándoselo en grande con su mesa de actividades parlanchina.


Diego, con su gorrito y su cazadora, preparado para afrontar valientemente un gélido día de invierno (perdónese el exceso de flash).

lunes, 19 de mayo de 2008

Los patios de Córdoba (I)


El año tiene doce meses (que se corresponden con las doce causas de Telecinco), pero los cordobeses se empeñan en apiñar todas sus fiestas, una tras otra, en el mes de mayo. En él se suceden vertiginosamente, semana tras semana, las cruces, los patios y la feria de Nuestra Señora de la Salud, y aún les queda tiempo para insertar entre medias la cata del principal vino de estas tierras, el Montilla-Moriles.

El sábado fui a Córdoba de patios, y no hacía falta ser Sherlock Holmes (¡no!, ¡otra vez Holmes, no, por favor!) para averiguar dónde se encontraban, porque venían anunciándolos hordas de ávidos visitantes apostados ante sus portales

En San Basilio, una de las zonas de patios, rejas y balcones más típicas, ríos de gente se arremolinaban, sitiaban las calles estrechas y se arracimaban en torno a las puertas. Entre la multitud se destacaban los guías turísticos, que comandaban grandes grupos con la ayuda de un paraguas tan maravilloso como el de Mary Poppins y tan embriagador como la flauta del flautista de Hamelín.

La visita a los patios es bien sencilla: uno se va apostando a las colas que se le van ofreciendo (aunque con Diego y su sillita, Adela y yo no teníamos otro remedio que irnos turnando) y entra por el zaguán que desemboca en el patio propiamente dicho. Después, describe un círculo o un rectángulo perfecto y se vuelve con viento fresco por la misma entrada aunque por el lado opuesto, en un movimiento contrario al de las agujas del reloj.

El personal suele ir bien pertrechado de cámaras de fotos y de vídeo, y dedica los minutos que disfruta en el interior del patio a fotografiarlo compulsivamente mientras otros escudriñan con interés el pozo que adorna muchas de estas corralas con tanto apasionamiento que a veces entran ganas de decirle a alguno lo del chiste: "Sí, señor, sí. Ha acertado usted: esto es un pozo".

Por lo demás, los patios suelen estar repletos de flores, que destacan en sus macetas sobre el blanco encalado de las paredes, y desprenden el encanto que provoca el retorno a un tiempo que en muchos otros lugares está ya muerto y enterrado.

lunes, 3 de marzo de 2008

Una entrada persistente

Hace mucho tiempo que no escribo, tanto que mi hermano Diego ha elevado a El patrón sin barca, la entrada que lleva encabezando este blog desde el lejano 21 de enero, a las altas cumbres de la mitología. El patrón sin barca no es una entrada mítica; más bien es una entrada persistente que se ha ganado el corazón de los lectores de un blog que ha quedado varado demasiado tiempo, un poco como la escultura de San Sebastián a la que me refería en ese post. Después de mes y medio, he encontrado la Blogse un poco destartalada y llena de telarañas, pero con muchos comentarios que agradezco.
Hace mucho tiempo que no escribo, entre otras cosas, como habéis imaginado muchos de los que leéis (o leíais) mi blog, por Diego. Pero no toda la responsabilidad es suya. Si algo no quiero es usar a mi hijo como pretexto de todo lo que no hago porque no puedo o porque no quiero, excusa tan manida que, aunque a veces es cierta, ya nunca me creo. Me he metido en demasiados fregados este año y lo primero que se ha resentido han sido las devociones, ya que las obligaciones son insoslayables.
Así, he ido retrasando día a día mi regreso al mundo bloguero y me he perdido muchísimas cosas que en este tiempo me ha ofrecido: un fantástico regalo de mi querida Nerea (del que me enteré gracias al correo electrónico) o un premio que me otorgó Alejops con una deferencia que me dejó perplejo.
He dejado de enterarme de las peripecias vitales de Merche Pallares, de ver el agua que discurre por la acequia de Pedro, las palabras que se escriben y desaparecen en las aguas a más velocidad incluso que en la arena, y el lento y rumoroso transcurrir de la lúgubre góndola por los angostos e incorruptibles canales de la Venecia dieciochesca. Y tantas otras cosas.
Pero aquí estoy de nuevo. He vuelto. Y para quedarme.
Digo yo...

domingo, 16 de diciembre de 2007

Partos fronterizos

Hasta en el tedioso rellenar de papeleo que conlleva todo nacimiento en el mundo civilizado (y por civilizar) pueden encontrarse elementos humorísticos. Por supuesto que esos elementos subversivos son inconscientes: la burocracia no admite la risa, como el Jorge de Burgos de El nombre de la rosa.
En los Registros Civiles, junto a la señal de prohibido fumar, puede verse una señal del mismo pelaje con un hombre riendo. El Jorge de Burgos de la de Córdoba, que, por otra parte, se comportó impecablemente conmigo, me hizo rellenar una especie de cuestionario en el que se formulaban preguntas bastante personales que yo, quizá ingenuo, no tuve reparos en contestar. Tal vez debí haberle preguntado qué coño le interesaba al Registro muchas de aquellas cuestiones y por qué no se conformaban las altas instancias con el Certificado de nacimiento de Diego que me había expedido la matrona y cuyos datos principales yo había escrito con absoluto primor.
No lo hice. Me limité a comprobar la ridiculez de ciertos apartados, en especial de uno en concreto: el de la nacionalidad de los hijos nacidos en un parto múltiple; si una mujer da a luz a gemelos, trillizos, cuatrillizos y demás illizos, debe consignar la nacionalidad de todos y cada uno de ellos. Me imaginé a una pobre madre en la frontera entre dos países, pongamos entre Moldavia y Rumanía, echando al lado rumano de la línea a un recién nacido y al lado moldavo al siguiente, con lo cual los hijos impares serían rumanos y los pares, de Moldavia. Sería la solución ideal para una pareja formada por un ciudadano de cada nación. Pero parece bastante complicada. Más tarde pensé en que la dichosa mujer podría haberse puesto de parto en el Oriente-Exprés, o en uno de esos viajes relámpago que en pocos días te llevan a visitar (más bien a pasar por) cinco o seis países. Con un poco de suerte, si los bebés respetan unos tiempos mínimos de nacimiento, el primero puede ser español y el último eslovaco, pasando por las más diversas nacionalidades (y no digamos si atraviesa esa fantástica nación de naciones que todos conocemos).
La casuística (como se dice ahora con pompa y circunstancia) es múltiple, pero no creo que merezca la pena ahondar en ella. Bastantes chorradas aguantamos a diario. Yo, por hoy, me conformo con las susodichas.

martes, 4 de diciembre de 2007

¡Ha llegado Diego!


El viernes, por fin, nació Diego. Llevábamos varios meses esperándolo y fue a ver la luz el mismo día que su bisabuelo paterno, el día de San Andrés, el que dio nombre no sólo a su bisabuelo, sino a un tío abuelo, a un tío segundo y a su propio padre, que se llama Pablo Andrés. Diego se llama como su abuelo y como su tío (como yo, que me llamo como mi abuelo y como mi tío en las dos ramas de la familia, la de Pablo y la de Andrés). El embrollo de nombres familiares se completa con mi sobrino Pablo Andrés, que se llama como su tío, es decir, yo (con lo cual se llama igual que dos de sus bisabuelos), y cuyo padre se llama Diego, es decir, como su primo y como su abuelo. Ya le hubiera gustado a García Márquez forjar un lío de nombres semejante y no ese claro y transparente árbol genealógico de la familia Buendía que presenta en Cien años de soledad.

Nos hemos tirado desde el viernes hasta hoy en el hospital, así que he tenido que dejar el blog un poco de lado aunque, cuando he vuelto a él, me he encontrado con una considerable cantidad de felicitaciones. Diego y yo os las agradecemos mucho: ninguno de los dos esperaba menos de, como dice Nerea, sus tíos blogueros.

martes, 27 de noviembre de 2007

And wait. And wait. And wait.

"Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, la Europa prisionera volvió los ojos con esperanza o con desesperación hacia la libertad de los EEUU. Lisboa se convirtió en el más importante punto de partida. Pero no todos podían llegar directamente a Lisboa. Así nació una tortuosa ruta de refugiados. De París a Marsella. A través del Mediterráneo a Orán. Y desde allí en tren, o a automóvil o a pie, bordeando África, hasta Casablanca, en el Marruecos francés. En ella, los afortunados, con dinero, influencia o suerte, pueden obtener visados y viajar hacia Lisboa. Y desde allí al Nuevo Mundo. Pero los demás esperan en Casablanca. Y esperan. Y esperan. Y esperan."

Así comienza Casablanca, la mítica película que cuenta los avatares que suceden en una ciudad claustrofóbica controlada por la Francia ocupada a la que llegan muchos fugitivos en busca de un avión que los aleje del conflicto bélico y de la persecución nazi. La corrupción, las influencias y el más acendrado altruismo, juntos y aun revueltos en algún personaje, conviven en un lugar del que es casi imposible escapar.

Tras varios días esperando infructuosamente el nacimiento de Diego, uno se siente un poco como los personajes encerrados en Casablanca en busca de un salvoconducto. Esperamos, esperamos y esperamos. Sólo nos queda el consuelo de que, cuando el ansiado día vea la luz, asistamos al inicio de una gran paternidad...