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sábado, 1 de noviembre de 2008

En el día de los Santos

DEL DOCTOR JUAN PÉREZ DE MONTALBÁN,
A LOPE FÉLIX DE VEGA CARPIO, ENCARECIENDO EL DESEO QUE TUVO DE QUE VIVIERA.
Si a darte vida mi dolor bastara,
con mi dolor de mi dolor muriera,
y porque mi dolor el mayor fuera,
géneros nuevos de sentir buscara.
Si la vida se diera o se prestara,
la mitad de mi vida te ofreciera,
o toda, porque celos no tuviera
la otra mitad que huérfana quedara.
Y si el alma pudiera en tu agonía
restituir tu vida con la suya,
abrigando en su ardor tu sangre fría,
aunque a desdén mi vida lo atribuya,
te diera liberal el alma mía
por mejorarla con hacerla tuya.

martes, 4 de diciembre de 2007

¡Ha llegado Diego!


El viernes, por fin, nació Diego. Llevábamos varios meses esperándolo y fue a ver la luz el mismo día que su bisabuelo paterno, el día de San Andrés, el que dio nombre no sólo a su bisabuelo, sino a un tío abuelo, a un tío segundo y a su propio padre, que se llama Pablo Andrés. Diego se llama como su abuelo y como su tío (como yo, que me llamo como mi abuelo y como mi tío en las dos ramas de la familia, la de Pablo y la de Andrés). El embrollo de nombres familiares se completa con mi sobrino Pablo Andrés, que se llama como su tío, es decir, yo (con lo cual se llama igual que dos de sus bisabuelos), y cuyo padre se llama Diego, es decir, como su primo y como su abuelo. Ya le hubiera gustado a García Márquez forjar un lío de nombres semejante y no ese claro y transparente árbol genealógico de la familia Buendía que presenta en Cien años de soledad.

Nos hemos tirado desde el viernes hasta hoy en el hospital, así que he tenido que dejar el blog un poco de lado aunque, cuando he vuelto a él, me he encontrado con una considerable cantidad de felicitaciones. Diego y yo os las agradecemos mucho: ninguno de los dos esperaba menos de, como dice Nerea, sus tíos blogueros.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Fortuna, traidora, te vas de mudança

La Fortuna traidora me ha deparado una desagradable sorpresa precisamente hoy, que por la mañana había cerrado triunfalmente mi legislatura en el consejo escolar de mi instituto. Pero la Fortuna, como la luna, es voluble, a veces, en extremo: a las 12:00 estaba situado en la parte alta de su rueda indomeñable, donde viven los triunfadores, los ricos, los poderosos y los vividores al estilo de Marc Ostarcevic, mientras que a las 17:00 me rodeaban perdedores, villanos y desgraciados del más vario pelaje. Saludé a don Álvaro de Luna, cabeza del Reino que le cortó la suya en Valladolid sin temblores absurdos, y me dirigí adonde el azar, la suerte, el insustancial laberinto de la Providencia me habían conducido: a formar parte de la mesa electoral para nombrar a los representantes de los alumnos en el consejo escolar de la escuela oficial de idiomas de Palma del Río. La tarde se presentaba, pues, triste, fría y lóbrega, sobre todo lóbrega, como diría mi padre.

La mesa estaba colocada en el pasillo, enfrente de la puerta de entrada, lugar estratégico para que ningún alumno pudiese ignorar nuestra presencia y para que el aire frío que ya va aposentándose por estos lares rebozase nuestros cuerpos de un material semejante a la escarcha gaseosa. Tan aburridos eran los comicios (el acto electoral) que se había aderezado con la votación de unas postales navideñas que competían por un concurso organizado por la escuela, lo cual aportó un relativo entretenimiento a lo que no podía dejar de ser un insoportable y soporífero enclaustramiento forzoso. De las cuatro tarjetas seleccionadas por las altas instancias, sólo una destacaba con cierto encanto: un árbol de navidad compuesto de manos de diferentes tamaños y colores, reunidas con cierta armonía y gracia. Las demás pecaban de puerilidad o recordaban excesivamente dibujos navideños que se pueden imprimir directamente desde internet incurriendo, eso sí, en un detalle significativo: el plagio.

Salí del instituto/escuela oficial de idiomas de Palma a las nueve de la noche, doce horas y media después de haber entrado en el mío. La victoria final se había dirimido en el último momento y por escasos votos. La traidora y contumaz Fortuna, cuyos desvaríos han cantado tantos poetas en tantos siglos, aumentaba su inabarcable leyenda y dejaba en mi cuerpo marcas profundas e indelebles: la resaca habitual tras la ingestión de una tediosa gragea de la vida eterna.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Nostalgias de El Mundo

La noticia que el sábado encabezaba la portada del diario El Mundo traía a la memoria la época dorada del periódico, los años que lo situaron en primera línea del periodismo, el tiempo en el que las investigaciones que abrían (a cuentagotas, por cómodos fascículos) el periódico eran posteriormente refrendadas por los tribunales.

Yo, en plena adolescencia, leía las informaciones sobre los GAL, Roldán, Filesa y tantos otros escándalos que acabaron hundiendo el felipismo, en la tienda, como la llamábamos nosotros, a secas. En ella pasamos Diego, Alicia y yo (Álvaro se libró por ser muy pequeño) larguísimas horas. Por su naturaleza, pocos clientes aparecían por allí y nuestra labor con ellos consistía exclusivamente en correr con la mayor velocidad a nuestro alcance hasta casa y llamar a nuestra madre para que a la mayor brevedad bajara y atendiera al cliente.

Pocas veces las horas se demoraban tanto en su transcurrir como en la tienda. Y eso que disfrazábamos el aburrimiento o, directamente, lo matábamos, a base de amigos, cartas, libros, música y, por supuesto, el periódico; a ese tedio, sin embargo, le debo gran parte de mis lecturas de entonces, pues a diario bajaba a la tienda pertrechado con un libro de poemas y una novela. Mi fidelidad a la literatura acababa en el momento exacto en el que, por fortuna, regresaba mi padre del taller. En cuanto adivinaba su figura, agarraba répidamente mis libros y dejaba a mi padre hablando con Felipe o jugando una de las múltiples variedades de solitario que conocía.

El sábado por la mañana leí la noticia sobre Vera, Amedo y Domínguez y, por un momento, me vi transportado a un tiempo ya caduco y a una tienda que, tal como la vivimos nosotros, ya no existe.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Fallece Luciano Pavarotti


Ha muerto hoy Luciano Pavarotti a los 71 años en Módena, su ciudad natal. Pavarotti fue uno de los principales artífices de la gran popularidad de que gozó la ópera en los años '90, gracias a actos como los de los mundiales de fútbol en Italia y EEUU. En esos años y en un lugar tan poco dado a la ópera como España, la gente discutía en la calle quién era el mejor de los tres tenores, salvo que apareciera alguno que apoyara al cuarto en discordia, que no era otro que el gran Alfredo Kraus.

La expansión de la ópera llegó a tanto que un disco de Pavarotti logró encabezar las listas de éxitos por encima de las habituales estrellas del rock-pop. El Tutto Pavarotti, una magnífica recopilación de arias con alguna canción, consiguió tal fama que en España muchas personas que compraron el disco pensaron que el cantante se llamaba Tutto, e incluso algunos le otorgaron el curioso nombre completo de Tutto Paparochi.

En aquellas discusiones sobre la primacía del tenorazgo, yo siempre lo defendí frente a mi padre, Félix Novo o Manolo Asensio, que preferían a Plácido Domingo, porque ningún otro cantante de ópera tenía en su voz la frescura, la naturalidad, la expresividad y la belleza que transmitía la voz del gran Luciano. Descanse en paz.
Luciano Pavarotti de Diego Fernández Magdaleno

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El Mundo El País