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martes, 18 de noviembre de 2008

En la cumbre


De nuevo La insoportable levedad del ser me da claves para interpretar cumbre que se ha celebrado este fin de semana en Washington. Hace ya unos días comparé el casi lúbrico deseo de ir a la cumbre de nuestro presidente (a quien desde aquí felicito por este éxito) con la levedad de Parménides y el peso de Beethoven, dicotomía que explica Kundera en su novela. Ahora, son las fotos del encuentro las que traen a mi memoria una parte de esta obra, que cuenta las relaciones de dos parejas cuyos miembros, en un momento u otro de sus vidas, entran en contacto.

Franz, el personaje que menos páginas ocupa de los cuatro, es un profesor suizo casado con una mujer a la que no quiere y amante de una pintora llamada Sabina que fue amante a su vez de otro protagonista de la historia, Tomás. Cuando Franz abandona a su esposa, Sabina lo abandona a él, pero el profesor, en vez de hundirse en una depresión severa, se siente reconfortado: por primera vez en su vida puede tomar decisiones por sí mismo.

Con el tiempo inicia una relación amorosa con una alumna suya, pero sigue guardando por Sabina un amor más allá de las cosas, un amor semejante al que mantenía según las normas del amor cortés medieval el amante con su dama. Como prueba de ese amor descabellado, Franz acepta acompañar una protesta en Camboya para pedir a sus autoridades que permitan el paso a un grupo de médicos para atender a la población civil.

El grupo se aproxima a la frontera y una traductora pide que dejen entrar a los médicos. Se suceden los segundos, caen los minutos uno tras otro, pero desde el otro lado del río que hace frontera todo es silencio o, peor aún: indiferencia. "Franz comprendió de pronto que todos eran ridículos, él y los demás, pero aquella comprensión no lo separaba de ellos, no lo llenaba de ironía, al contrario, era ahora cuando sentía por ellos un inmenso amor [...]. ¿Qué más puede hacer esa gente que teatro? ¿Les queda alguna otra posibilidad?".

Los miembros del G20 se enfrentan a una situación desconocida que difícilmente puede solucionarse en reuniones como las de este fin de semana. Es imposible tomarse un café con churros por la mañana, como ha dicho Solbes muy socarronamente, y salir por la tarde con el capitalismo refundado. Quizá esta cumbre no sea más que puro teatro. Pero, como a Franz y a sus compañeros de marcha, ¿acaso les queda otra posibilidad?
Foto de www.rtve.es

jueves, 30 de octubre de 2008

Politiqueos

Ha causado escándalo en cierta parte del periodismo nacional la imagen del Congreso de los Diputados prácticamente desierto en una sesión plenaria destinada a debatir un asunto crucial para el país: el paro. Aunque hacer novillos nunca es justificable, lo cierto es que los diputados pueden esgrimir tres causas atenuantes en este caso concreto:
El ponente para tan alta ocasión no era otro que Pedro Solbes, no demasiado apreciado en su círculo como showman precisamente. Sabiendo que sus discursos suenan más bien como el arrullo de una madre o como la nana de una abuela, los diputados de todos los partidos prefirieron quedarse dormidos en casa y ahorrarse la canción de cuna y el espectáculo de ojos cerrados, boca abierta y ronquido suelto que podrían haber dado en el Congreso.

¿Cómo se puede pretender, por otro lado, que los diputados asistan a un pleno matutino (palabra preferida de mi hermano Álvaro en su infancia) en el que no participa ninguna de las estrellas de esta farándula? Es como ir a ver una película porque actúa Mar Flores. Cuando los primeros espadas no salen al ruedo, lo mejor que pueden hacer los subalternos es quedarse en casa. Sin líder, no somos nada (o nadie nos controla).

Y, por último: ¿cómo podemos escandalizarnos de que los diputados no vayan a trabajar (aunque cobran igualmente, ¿no?) si en la política ocurren todos los días cosas más graves? (eso sin contar con que el mejor favor que muchos políticos pueden hacerle a España es precisamente no hacer nada).

El otro día, sin ir más lejos, me contaba un compañero del instituto un caso especialmente abominable. En una ciudad andaluza se entregaban más de cien pisos de protección oficial. Uno de ellos le había "tocado" a mi compañero. Tamaña ocasión no podía desperdiciarla el Señor Alcalde de la ciudad en cuestión (los pagará él de su propio bolsillo, ¿no?), que se personó en el acto con la parafernalia de rigor. Pero el tipo debía de tener algo de prisa, problemas de agenda o una inoportuna gastroenteritis, vaya usted a saber, y quería irse del lugar rápido pero con las fotos hechas, al menos tres o cuatro. Así que, ni corto ni perezoso, indica a los organizadores del evento por quiénes debe comenzar el reparto de llaves. ¿Se lo imaginan?

- Primero los de sillas de ruedas.

Hay que ser muy hijo de puta...

lunes, 27 de octubre de 2008

Hacer cumbre

El gobierno español ha lanzado una ofensiva para que España participe en una cumbre que ya ha ocupado en unos días más páginas que la mítica del Everest en siglos. A Zapatero le está costando alcanzar la cima. Intenta contratar a algún sherpa para que le ayude en la ascensión, pero se encuentra con más de una negativa porque un lejano día se enemistó con el sherpa mayor (el mayor, pero no el más listo, desde luego).
En La insoportable levedad del ser, Milan Kundera expone dos visiones antitéticas sobre la levedad. Parménides de Elea, firme defensor de los opuestos, opinaba que el contrario (como en los gemelos) positivo era la levedad, mientras que Beethoven prefería el peso, la masa, la fricción con la tierra. Para Beethoven la levedad era ligereza, frivolidad; para Parménides, ascensión y espíritu.
Zapatero podría aprovechar la levedad para ascender hasta la reunión de los líderes mundiales, pero, paradójicamente, para tomar la cumbre hay que tener peso, materia, cuerpo, hasta envergadura, y eso no lo tiene Zapatero ni lo ha tenido España (qué se le va a hacer) en los últimos siglos. Por eso Zapatero no entiende a su ministro de Economía, al viejo marino al que le importa un bledo que España no figure donde no ha estado nunca mientras él pueda saborear el humo de su pipa, al vicepresidente que rumia la supremacía de la levedad de Parménides; y por eso se reconcome en la Moncloa, mordiéndose las uñas, llamando a mil puertas rocosas que devuelven palabras sin significado, sintiendo en sus carnes como ningún otro la insoportable levedad de ser presidente del gobierno español.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Exigir el maná

El fenómeno que se está dando en Andalucía tras el pacto entre Chaves y Zapatero para las inversiones del Estado en su comunidad refleja claramente la situación a la que ha llegado la España de las autonomías. Tras la visita, los periódicos principales y sus más preclaros colaboradores y columnistas no han criticado el nuevo sistema de adjudicación de las inversiones del Estado en algunas CC.AA., establecido en ciertos estatutos unilateralmente siguiendo la vieja máxima de "esto es mío porque a mí me sale de los cojones", sino que lo que se ha criticado es que el gobierno central de turno ha vuelto a timar a Andalucía (así, en general) porque va a recibir menos inversiones que Cataluña.
La extrema desigualdad de la financiación autonómica la puso de manifiesto Pedro Solbes indirectamente diciendo que el sistema podría soportar ciertas licencias presupuestarias siempre que no se apuntasen a ellas todas las autonomías. Porque hay políticos españoles listos como ardillas: los que han elegido para la financiación el rasgo con el que más dinero recibe su comunidad: en Cataluña, el PIB, pero no porque eso la beneficie; en Andalucía, la población, pero no porque Andalucía sea la comunidad más poblada (eso no es más que una casualidad), sino porque es lo justo. Siguiendo la misma lógica, el estatuto de Castilla-León debería dictar que se calculen las inversiones del Estado teniendo en cuenta su extensión y Cantabria podría calcularlas por la producción de sobaos pasiegos. Y éstas dos al menos pillarían algo, porque las últimas autonomías que revisen su estatuto (mira que les han advertido que se den prisa) no sólo no recibirán ni un duro de nadie (pobrecillas), sino que es muy probable que tengan que poner bote. Y chitón, no vayan a resultar de un centralismo reaccionario y, a lo peor, filofascistas.
La reforma de los estatutos de autonomías de esta solidarísima España ha puesto de moda varias frases hechas dignas de las mismísima Teresa de Calcuta: "¿Qué hay de lo mío?", "Lo mío, mío y lo de los demás, a medias" y "El que venga atrás que arree". O, mejor aún, que se joda.

martes, 4 de septiembre de 2007

El controvertido concepto de la capacidad adquisitiva.


No pensaba volver a hablar de economía, ya que no es ni de lejos mi tema preferido, ni en el que estoy más versado, pero los comentarios a la entrada de ayer sobre macro y microeconomía de Pedro Ojeda y de mi hermano Diego (que me honran con sus intervenciones) me han recordado las peculiares ideas de dos destacados miembros del gobierno sobre la capacidad adquisitiva de los españoles.

El principal efecto negativo de la inflación es evidentemente la pérdida de poder adquisitivo. Pero para Jesús Caldera no existe el problema de los mileuristas, ya que una pareja de mileuristas se convierte automáticamente en un dosmileurista (que, como recalcó el ministro, consigue más de 300.000 pelas al mes). ¿Y los integrantes de la población antiguamente conocidos con el nombre de solteros? ¿Tendrán que juntarse dos de ellos para poder optar a los dos mil euros? ¿Y si en la pareja no trabajan los dos?

Dice por su parte Pedro Solbes que la capacidad adquisitiva de una familia de tres miembros aumenta si la hija se pone a trabajar aunque el sueldo de sus padres no ascienda al ritmo del IPC. Absolutamente cierto, pero a costa de un sustancial aumento de la carga de trabajo de la familia, lo mismo que ocurría con el ejemplo que proponía Jesús Caldera. Es como si en una empresa el jefe anunciara que paga a sus trabajadores diez euros más de sueldo a cambio de trabajar sesenta horas semanales. Yo preferiría cobrar lo mismo y trabajar cuarenta.

Lo más paradójico (y triste) de todo esto es que, mientras se bendice la contención salarial, las empresas, gracias entre otras cosas a la mismísima inflación, siguen batiendo sus récords de beneficios... Ver para creer...

lunes, 3 de septiembre de 2007

El despotismo del IPC: todo por los precios, pero sin los precios.



Desde hace unos años, en Hollywood se echan en falta guiones originales realmente originales. Los guiones del cine español tampoco lo son, pero eso no es porque el guionista sea el peor valorado de los integrantes del enjambre de autores que reúne cualquier película. El problema reside en que los españoles con más inventiva están contratados por el Ministerio de Economía. Pedro Solbes y Rodrigo Rato los mantienen trabajando día y noche, en un lugar lóbrego y húmedo, imaginando cómo cuadrar los datos de la inflación para que se adecuen a los niveles del resto de la Unión Europea.

Y los tíos son buenos, muy buenos, que diría ese gran comunicador (¿qué coño significará esa palabrita?) que es Carlos Sobera. Sólo verdaderos magos de la publicidad y de la economía serían capaces de hacernos creer que la inflación interanual está en torno al 2%. Este trabajo, no obstante, está a la altura de otros elaborados en anteriores años. Recordemos que desde el año 2002, y, pese al alza general de los precios de productos de primera necesidad, el IPC oficial de este país no ha superado nunca el 4%. Frente a estos datos, La guerra de las galaxias parece una obra realista. Es más verosímil el anuncio de la Primitiva de Pancho (hay otros perritos millonarios, como Trouble) que el dato del IPC que dan los sucesivos gobiernos.

Este año, con las inminentes subidas de leche, pan y otros productos, los creativos del Ministerio lo van a tener aún más complicado; pero no se preocupen: el IPC de 2007 no subirá por encima del 3 %. ¿Los precios? Eso ya será otra cosa.