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jueves, 26 de noviembre de 2009

El graznido

Hace una semana, en mitad de la noche, me levantó en vilo un grito atronador y terrible, más pavoroso aún como estaba inmerso en el mar de tinieblas que era la habitación a esas horas. A los pocos segundos se repitió el sonido y, entonces, ya más despierto, o por mejor decir, "de turbio en turbio", pude reconocer un graznido horrendo que fue respondido inmediatamente por otro lejano que, quizá precisamente por eso, me pareció más dulce.
Temiendo toparme con el cuervo de Poe, encendí el móvil por no despertar a Adela y me aventuré hacia el balcón. Allí, tras la puerta de madera que nos separaba y por cuyas rendijas se había colado, como el relente nocturno, su asqueroso sonido, debía de estar el pajarraco enseñoreándose orgullamente sobre el estrecho balcón de mi casa. Imaginé que sería un cuervo o un enorme aguilucho de los que dominan el paisaje sobre los tendidos eléctricos o sobre las señales de tráfico y que a veces lanzan sus alas hacia los parabrisas de los coches en las carreteras comarcales de Tierra de Campos como furiosos suicidas poco aplicados.
Hace tiempo que no vivía por estos lares, pero, por más que busco, no encuentro en mi memoria la riqueza de aves con que me topo ahora en mi camino de Sísifo hasta Tordesillas. Y no me extraña: Tierra de Campos (o cierta parte de ella) acabará convirtiéndose en reserva de aves, en parque natural, en un territorio neovirgen sin habitantes.
- Los de Tierra de Campos estamos sentenciados -me dijo Celes, concejal de Palazuelo de Vedija, este verano, y todo indica que en la condena hay más objetividad que pesimismo.
Así, las aves domeñan un paisaje de trigales moteados de pueblos despoblados por los que parece que no pasa el tiempo, pero que, poco a poco, se desangran y mueren.
Golpeé sin fuerza el cuarterón y el pájaro alzó el vuelo sobre la planicie. A esas horas, poco vería de los campos sobre los que gobernarán con mano de hierro él, sus congéneres y sus descendientes, reyes absolutos de estas tierras como lo fueron de la Tierra entera sus remotos ancestros, los dinosaurios.

viernes, 6 de junio de 2008

Estrenos estrenados


El Parador de Ávila es un palacio del siglo XVI (el Palacio de Piedras Albas) que hace medianería con la universal muralla que defendía a la ciudad de sus enemigos. Desde fuera parece un castillo de juguete. Adela y yo pasamos unos días este verano en Ávila, en el Parador. Cuando pedimos la cuenta, observé un extraño apartado entre los conceptos que se detallaban en la factura. No era mucho dinero, unos dos euros, pero me dio por preguntarle al recepcionista de dónde procedía ese gasto. El hombre, un señor mayor de pelo cano y adusto gesto que llevaba impecable su traje-uniforme, miró la cuenta y me dijo que ese cargo era de la cafetería del hotel. Difícilmente podía ser un cargo mío, dado que no habíamos tomado nada en el bar, pero no dije nada mientras el recepcionista rebuscaba entre un montón de papeles y sacaba los referidos a nuestra habitación.
- ¿Ve? Aquí lo tiene. Ha tomado usted una tónica.
- No he tomado una tónica en mi vida - le dije, salvo mezclada con ginebra, debí haber añadido en honor a la verdad, pero no agregué nada.
El recepcionista me enseñó el cargo firmado por el cliente, que en principio debíamos ser Adela o yo. La firma se parecía a las nuestras igual que un camaleón a Winnie the Pooh, así que el hombre procedió cortésmente a modificar la factura.
- Se habrá equivocado de habitación -dije yo por dar conversación más que por un interés especial en hablar del asunto.
El recepcionista del Parador se dio la vuelta con rostro serio y un gesto de asombro ante mi ingenuidad. Negó con la cabeza.
- ¿Lo hacen adrede?
- Se sorprendería usted -me trataba de usted aunque me sacaba unos treinta años- de lo que hace la gente.
Mi hermano Diego ha descubierto (y ya van varias veces) que en la programación de algún festival de música comtemporánea figuran como estrenos absolutos obras que él ha estrenado previamente o que va a estrenar antes de la fecha del festival.
- Se habrán equivocado de obra.
Pero después me vienen a la mente las palabras del recepcionista de Ávila:
- Se sorprendería usted de lo que hace la gente.

lunes, 19 de mayo de 2008

Los patios de Córdoba (I)


El año tiene doce meses (que se corresponden con las doce causas de Telecinco), pero los cordobeses se empeñan en apiñar todas sus fiestas, una tras otra, en el mes de mayo. En él se suceden vertiginosamente, semana tras semana, las cruces, los patios y la feria de Nuestra Señora de la Salud, y aún les queda tiempo para insertar entre medias la cata del principal vino de estas tierras, el Montilla-Moriles.

El sábado fui a Córdoba de patios, y no hacía falta ser Sherlock Holmes (¡no!, ¡otra vez Holmes, no, por favor!) para averiguar dónde se encontraban, porque venían anunciándolos hordas de ávidos visitantes apostados ante sus portales

En San Basilio, una de las zonas de patios, rejas y balcones más típicas, ríos de gente se arremolinaban, sitiaban las calles estrechas y se arracimaban en torno a las puertas. Entre la multitud se destacaban los guías turísticos, que comandaban grandes grupos con la ayuda de un paraguas tan maravilloso como el de Mary Poppins y tan embriagador como la flauta del flautista de Hamelín.

La visita a los patios es bien sencilla: uno se va apostando a las colas que se le van ofreciendo (aunque con Diego y su sillita, Adela y yo no teníamos otro remedio que irnos turnando) y entra por el zaguán que desemboca en el patio propiamente dicho. Después, describe un círculo o un rectángulo perfecto y se vuelve con viento fresco por la misma entrada aunque por el lado opuesto, en un movimiento contrario al de las agujas del reloj.

El personal suele ir bien pertrechado de cámaras de fotos y de vídeo, y dedica los minutos que disfruta en el interior del patio a fotografiarlo compulsivamente mientras otros escudriñan con interés el pozo que adorna muchas de estas corralas con tanto apasionamiento que a veces entran ganas de decirle a alguno lo del chiste: "Sí, señor, sí. Ha acertado usted: esto es un pozo".

Por lo demás, los patios suelen estar repletos de flores, que destacan en sus macetas sobre el blanco encalado de las paredes, y desprenden el encanto que provoca el retorno a un tiempo que en muchos otros lugares está ya muerto y enterrado.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

El niño con el pijama de rayas

La lectura de El niño con el pijama de rayas, de John Boyne, ha venido a corroborar la ineptitud de mi cerbro para vislumbrar grandes éxitos literarios. Si me dedicara al mundo editorial, acabaría con mis huesos en cualquier esquina del metro pidiendo, más que dinero, clemencia. O, más que clemencia, dinero. Así que dejaré ese trabajo en manos de verdaderos profesionales.

Digo esto porque he leído El niño con el pijama de rayas, que ha arrasado en las librerías de Irlanda, España y medio mundo, del que hablan hasta personas que habitualmente no emplean su tiempo en la lectura (quizás la saga de Harry Potter); he leído El niño..., digo, y no me ha parecido gran cosa; una novelita curiosa y poco más.

No soy muy dado a leer los libros de moda de cada momento (Código Da Vinci, etc.). Me embarqué en la lectura de la novela de John Boyne a través de Adela, que lo compró por los encendidos elogios que le dedicaban sus compañeras del Departamento de Lengua. El editor ha ideado, además, un método infalible para excitar la curiosidad del lector potencial: declarar secreto el argumento, porque conocerlo "estropearía la experiencia de su lectura". Sabían que había que mantener la discreción las compañeras de Adela, algún compañero mío, Adela y yo mismo, y nadie se fue de la lengua ni lo más mínimo (incluso soportando torturas), así que no esperen que revele en estas líneas un misterio que en realidad no es tal: uno descubre a las pocas páginas de qué va el invento (tal vez porque está sobreaviso) y por eso el enigma me parece más que nada publicidad, puro marketing.

No desvelaré, pues, el arcano. Sólo comentaré que los hechos están contados desde el punto de vista de un niño y que eso determina la sencillez extrema que preside toda la novela. El editor aprovecha esa sencillez para recomendársela a adultos y a niños desde los 13 años (no cabe duda de que el tipo es listo). Mi recomendación sería la contraria: me parece que es un libro para niños que puede leer, si lo desea, algún adulto. Tras su arrollador éxito, me he alegrado de no ser editor, porque para subsistir tendría que recurrir sin duda alguna a la delicuencia (más o menos) organizada.



¿Qué le ha parecido El niño con el pijama de rayas de John Boyne?

lunes, 12 de noviembre de 2007

Variaciones sobre el carpe diem

Se leía en clase de Adela el Soneto XXIII de Garcilaso de la Vega, cuyo tema principal es, como todos ustedes recordarán, el carpe diem:

En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar, ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.

Tras su lectura, Adela preguntó qué quería decir este poema y contestó una alumna:
- ¿Que lo que se van a comer los gusanos, que lo disfruten los cristianos?

La anécdota me trajo a la memoria el escolar (y conocidísimo) pasaje del Juan de Mairena en el que el alter ego de Antonio Machado le pide a un alumno que pase a lenguaje poético la frase "Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa". El muchacho escribe en la pizarra: "Lo que pasa en la calle".

¿El Soneto XXIII de Garcilaso viene a decir que lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los cristianos? Bueno, más o menos. "No está mal", respondería el maestro.


miércoles, 10 de octubre de 2007

La frase del día

Hoy una alumna de Adela ha dicho una frase que refleja perfectamente la importancia real de la televisión para una amplísima parte de la sociedad y, sobre todo, para los jóvenes. Adela intentaba explicarles (a ella y a sus compañeros) la necesidad de tener una actitud crítica ante los mensajes que recibimos de los medios de comunicación, que a veces (en España últimamente siempre) responden a intereses dudosos. La susodicha alumna, con grandes muestras de preocupación, ha contestado:
- Pues anda que como ya no podamos fiarnos ni de la tele...


domingo, 7 de octubre de 2007

Dos coches en la grava


Esta mañana me he despertado pronto, de lo que paradójicamente me alegro. El madrugón me ha permitido contemplar en vivo y en directo cómo Lewis Hamilton varaba su McLaren en la grava del circuito de Shangai por un error incomprensible. Hamilton braceaba desesperadamente para que los comisarios le empujaran el coche y lo sacaran del atolladero en el que se había metido él solito (claro, la costumbre), y los comisarios efectivamente aparecieron, pero empujaron el coche sin interés y de muy mala gana. Álvaro y yo no respiramos tranquilos hasta que Hamilton no sacó el volante, porque este año la Fórmula 1 ha mostrado todo su potencial para sorprendernos. Bernie Ecclestone, el pobre, estaría revolviéndose en su butaca y llamando por el móvil al RACE chino para que sacaran a su compatriota del apuro; y no digamos Ron Dennis, que ante la adversidad braceaba con la misma angustia que su amado discípulo en su bólido.

Cuando Fernando Alonso entró segundo tras Raikkonen, no podía imaginar que un par de horas más tarde iba a presenciar una imagen semejante a la de Hamilton, aunque sin la emoción y la alegría del abandono del inglés. Sobre las once y veinte de la mañana, el Renault Laguna en el que mis hermanos Diego y Álvaro volvían a Medina de Rioseco tras unos días en Lucena (donde Diego ha dado un concierto de piano) y Palma del Río ha hecho un ligero ruido, inapreciable para Álvaro, y ha ido descendiendo de velocidad, lenta pero inexorablemente. Cuando Adela y yo fuimos a buscarlos, la imagen del coche parado en el paisaje verde de la carretera de Fuente Palmera me trajo inmediatamente a la memoria el McLaren número dos en el ínfimo trozo de grava que a Hamilton se le habrá antojado enorme, gigantesco, infinito, cuerpo celeste diminuto en medio de la vastedad sin límites del universo.

martes, 11 de septiembre de 2007

Logroño


Estamos tan acostumbrados a ver los atentados terroristas en los telediarios, en la prensa, que me resulta extrañísimo haber estado a menos de cien metros de un coche-bomba. Fue este domingo, en Logroño, mientras Adela y yo tomábamos unos vinos (Adela, unas botellitas de agua) y unas tapas entre la calle San Agustín y la calle Laurel, un hormiguero bullicioso en el que toda la ciudad se junta para degustar las delicias de la tierra, que son muchas, aunque la más celebrada sea el vino. Entramos en un bar nuevo que sirve pequeños y exquisitos bocadillos de huevos rotos con patatas acompañados por casi cualquier cosa, y acabamos en el Pata Negra tomando un completo (jamón serrano, tomate y queso), fijo de plantilla en mis incursiones logroñesas. Sobre las once, más o menos a la hora en la que un hombre que decía hablar en nombre de ETA llamó al Gara, Adela y yo entrábamos ya en el Carlton, un precioso hotel con dos pianos antiguos y una terraza con magníficas vistas sobre ese bosque de farolas papirofléxicas que es la nueva Gran Vía.

Afortunadamente, la bomba falló. Los terroristas son cada día más torpes y conocen menos su degradante trabajo. Por nuestro bien espero que su productividad no alcance grandes cotas, y seguramente sea así, porque les falla la formación. Me los imagino fabricando la bomba y me viene directamente al cerebro el matrimonio mayor del anuncio de Telefónica que pretende armar un mueble de Ikea sin el menor éxito:
Instrucciones:
- Coloque en la olla Ozaiorak los explosivos Etxurdin.
- Inserte el cable Iskorako en el detonador Patxaranoak, etc., etc.

Esas instrucciones son demasiado difíciles para los terroristas, víctimas de un sistema educativo (el del PNV y EA) cuyos libros de historia deberían advertir al comienzo, como algunas películas, de que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Aunque, ahora que lo pienso, quizá los esté juzgando con demasiada dureza. Tal vez lo único que pretendían (angelitos...) era celebrar con fuegos artificiales que Adela iba a realizar al día siguiente su último examen de Musicología. Un detallazo.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

A ponte do pasatempo


Siempre me ha encantado esta foto que hicimos Adela o yo (ya no recuerdo) en Mondoñedo hace cinco o seis años. El precioso lugar esconde una terrible historia que más tarde daría nombre al puente que aparece en la imagen, el ponte do pasatempo, bajo el cual serpentea ruidosamente el río Valiñadares.
A finales del siglo XV, en 1483, varios nobles que luchaban contra los Reyes Católicos fueron apresados y condenados a ejecución pública en la ciudad episcopal de Mondoñedo. La mujer del principal de aquellos nobles, el Mariscal Pero Pardo de Cela, aprovechó su parentesco con la reina Isabel para visitarla con premura y arrancarle el compromiso de indultar a los presos.
Con los indultos en la mano, Isabel de Castro, la esposa de Pardo de Cela, inició un frenético retorno a Galicia, sabedora de que el tiempo corría en su contra. A la entrada de Mondoñedo, a la altura del puente sobre el Valiñadares, la esperaban varios esbirros del Obispo de la diócesis encargados de mantenerla entretenida el tiempo imprescindible para que el verdugo ejecutara la pena.
Cuando Isabel de Castro entró en Mondoñedo, sólo pudo llorar la muerte de su decapitado esposo. Quizá el indulto le sirviera para enjugar sus lágrimas.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Nada menos que todo un año

Hoy mi sobrino (y, sin embargo, tocayo) Pablo (los Pablo Andrés dominaremos la tierra) ha cumplido nada menos que un año. Adela y yo apenas hemos podido catar la fiesta porque Pere Navarro nos ha invitado a la operación retorno de vacaciones y no hemos sabido cómo decirle que no. Esta mañana hemos felicitado a Pablo y, acto seguido, nos hemos dado un atracón de coche sólo a la altura de Carlos Sainz: siete horas y media. Una hora más y hubiera sido un trayecto felliniano.
Pero, a lo que vamos: hoy es el cumpleaños de mi sobrino y, aunque me duelen todos los huesos y el cansancio provoca que vea la pantalla del ordenador a través de los ojos de Rompetechos (es decir, tan borrosa como las fotos que saca alguna máquina en proceso de jubilación), no queremos que termine el día sin que reciba dos enormes felicitaciones cibernéticas desde la calurosa y blanca Palma del Río.



¿Seguís pensando que un año no significa mucho en la vida de un hombre?

"Para Pablo", poema de Álvaro Fernández Magdaleno.

Pablo cumple un año de Diego Fernández Magdaleno.