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jueves, 3 de diciembre de 2009

Una habitación con vistas

Santa María del Fiore y Palazzo Vecchio.

Como la de la novela de E.M. Forster y la película de James Ivory, la habitación que ocupamos este verano mis hermanos Álvaro, Diego y yo en nuestro viaje a Florencia tenía unas vistas fantásticas (cfr. foto inferior). Aunque para vistas, las del palacio Pitti, al otro lado del Arno (cfr. foto superior). En alguna vida anterior debimos de pertenecer a una familia enemiga de los Médicis, porque el maravilloso, gigantesco y calurosísimo palacio estuvo a punto de convertir a Diego en agua, como al Garcilaso de las "Hermosas ninfas"y a mí en cojo: me caí tres o cuatro escaleras y parte mi espalda fue a parar a la pared. Y me dolió. Y me indignó profundamente: el celebérrimo almohadillado del palacio Pitti no sirvió, en mi caso, para nada. Coge fama...
En primer término, plaza de Santa María Novella, con la estación de tren y la iglesia homónima. Detrás, de izquierda a derecha, cúpula de San Lorenzo, la catedral y, diminuta, la torre del Palazzo Vecchio en la plaza de la Signoria.

lunes, 3 de marzo de 2008

Una entrada persistente

Hace mucho tiempo que no escribo, tanto que mi hermano Diego ha elevado a El patrón sin barca, la entrada que lleva encabezando este blog desde el lejano 21 de enero, a las altas cumbres de la mitología. El patrón sin barca no es una entrada mítica; más bien es una entrada persistente que se ha ganado el corazón de los lectores de un blog que ha quedado varado demasiado tiempo, un poco como la escultura de San Sebastián a la que me refería en ese post. Después de mes y medio, he encontrado la Blogse un poco destartalada y llena de telarañas, pero con muchos comentarios que agradezco.
Hace mucho tiempo que no escribo, entre otras cosas, como habéis imaginado muchos de los que leéis (o leíais) mi blog, por Diego. Pero no toda la responsabilidad es suya. Si algo no quiero es usar a mi hijo como pretexto de todo lo que no hago porque no puedo o porque no quiero, excusa tan manida que, aunque a veces es cierta, ya nunca me creo. Me he metido en demasiados fregados este año y lo primero que se ha resentido han sido las devociones, ya que las obligaciones son insoslayables.
Así, he ido retrasando día a día mi regreso al mundo bloguero y me he perdido muchísimas cosas que en este tiempo me ha ofrecido: un fantástico regalo de mi querida Nerea (del que me enteré gracias al correo electrónico) o un premio que me otorgó Alejops con una deferencia que me dejó perplejo.
He dejado de enterarme de las peripecias vitales de Merche Pallares, de ver el agua que discurre por la acequia de Pedro, las palabras que se escriben y desaparecen en las aguas a más velocidad incluso que en la arena, y el lento y rumoroso transcurrir de la lúgubre góndola por los angostos e incorruptibles canales de la Venecia dieciochesca. Y tantas otras cosas.
Pero aquí estoy de nuevo. He vuelto. Y para quedarme.
Digo yo...

sábado, 24 de noviembre de 2007

Cumpleaños de Álvaro

Hoy es el cumpleaños de mi hermano Álvaro y, para celebrarlo en el blog, había pensado en incluir en esta entrada el poema "Estanque", de la época creacionista de Juan Larrea; pero no lo encuentro por ninguna parte en internet y no puedo disponer en estos días del libro en que lo tengo, así que me conformaré con reproducir sus últimos versos:
Por toda respuesta,
los cisnes,
2 a 2,
levan áncoras.
¿Qué relación guardan el poema y el cumpleaños?

lunes, 19 de noviembre de 2007

Nostalgias de El Mundo

La noticia que el sábado encabezaba la portada del diario El Mundo traía a la memoria la época dorada del periódico, los años que lo situaron en primera línea del periodismo, el tiempo en el que las investigaciones que abrían (a cuentagotas, por cómodos fascículos) el periódico eran posteriormente refrendadas por los tribunales.

Yo, en plena adolescencia, leía las informaciones sobre los GAL, Roldán, Filesa y tantos otros escándalos que acabaron hundiendo el felipismo, en la tienda, como la llamábamos nosotros, a secas. En ella pasamos Diego, Alicia y yo (Álvaro se libró por ser muy pequeño) larguísimas horas. Por su naturaleza, pocos clientes aparecían por allí y nuestra labor con ellos consistía exclusivamente en correr con la mayor velocidad a nuestro alcance hasta casa y llamar a nuestra madre para que a la mayor brevedad bajara y atendiera al cliente.

Pocas veces las horas se demoraban tanto en su transcurrir como en la tienda. Y eso que disfrazábamos el aburrimiento o, directamente, lo matábamos, a base de amigos, cartas, libros, música y, por supuesto, el periódico; a ese tedio, sin embargo, le debo gran parte de mis lecturas de entonces, pues a diario bajaba a la tienda pertrechado con un libro de poemas y una novela. Mi fidelidad a la literatura acababa en el momento exacto en el que, por fortuna, regresaba mi padre del taller. En cuanto adivinaba su figura, agarraba répidamente mis libros y dejaba a mi padre hablando con Felipe o jugando una de las múltiples variedades de solitario que conocía.

El sábado por la mañana leí la noticia sobre Vera, Amedo y Domínguez y, por un momento, me vi transportado a un tiempo ya caduco y a una tienda que, tal como la vivimos nosotros, ya no existe.

martes, 16 de octubre de 2007

Sentir morriña de la modorra (o modorra de la morriña)

Un día cualquiera del año pasado, en clase de 4º de ESO, varios alumnos me pidieron que no hiciéramos nada (si me dieran un euro cada vez que oigo esa frase, que diría Homer...) aduciendo que tenían morriña. Extrañado de que muchachos de 16 años sintieran morriña (¿de qué lejanas tierras?), interrogué sus rostros y no encontré en ellos ningún atisbo de melancolía, ni la más leve tristeza. Más bien presidía la cara de algunos un sopor inconfundible provocado por el botellón (la botellona, dicen por estas tierras) del fin de semana.
- Lo que tenéis vosotros es modorra.

- ¿Qué modorra? ¡Morrina! -respondió un alumno de nombre imperial que ni siquiera sabía pronunciar morriña.

Mi sorpresa fue aún mayor cuando mis compañeros no se extrañaron lo más mínimo de tan radical cambio en el significado de la palabra. De lo cual deduje que en parte del valle del Guadalquivir la palabra morriña con el significado de nostalgia, añoranza o la más tradicional (aunque en desuso) querencia había muerto.

La confusión de modorra y morriña se ha extendido con mayor rapidez de la que yo esperaba. Este verano, tomando café en el mítico bar Sequillo (de Rioseco, claro) con mi hermano Álvaro, oí la misma expresión: por edad, el hombre podría sufrir morriña, pero se veía a cien kilómetros que lo que le pasaba era que tenía un sueño difícilmente consolable.

Parece mentira que tomemos prestada una palabra de otro idioma (el gallego), que sin encomendarnos ni a Dios ni al diablo le otorguemos una función que ya realizaba otro vocablo, y que a fin de cuentas este término quede desplazado y sin trabajo. Así, con dos cojones. Que no cunda el ejemplo...

domingo, 7 de octubre de 2007

Dos coches en la grava


Esta mañana me he despertado pronto, de lo que paradójicamente me alegro. El madrugón me ha permitido contemplar en vivo y en directo cómo Lewis Hamilton varaba su McLaren en la grava del circuito de Shangai por un error incomprensible. Hamilton braceaba desesperadamente para que los comisarios le empujaran el coche y lo sacaran del atolladero en el que se había metido él solito (claro, la costumbre), y los comisarios efectivamente aparecieron, pero empujaron el coche sin interés y de muy mala gana. Álvaro y yo no respiramos tranquilos hasta que Hamilton no sacó el volante, porque este año la Fórmula 1 ha mostrado todo su potencial para sorprendernos. Bernie Ecclestone, el pobre, estaría revolviéndose en su butaca y llamando por el móvil al RACE chino para que sacaran a su compatriota del apuro; y no digamos Ron Dennis, que ante la adversidad braceaba con la misma angustia que su amado discípulo en su bólido.

Cuando Fernando Alonso entró segundo tras Raikkonen, no podía imaginar que un par de horas más tarde iba a presenciar una imagen semejante a la de Hamilton, aunque sin la emoción y la alegría del abandono del inglés. Sobre las once y veinte de la mañana, el Renault Laguna en el que mis hermanos Diego y Álvaro volvían a Medina de Rioseco tras unos días en Lucena (donde Diego ha dado un concierto de piano) y Palma del Río ha hecho un ligero ruido, inapreciable para Álvaro, y ha ido descendiendo de velocidad, lenta pero inexorablemente. Cuando Adela y yo fuimos a buscarlos, la imagen del coche parado en el paisaje verde de la carretera de Fuente Palmera me trajo inmediatamente a la memoria el McLaren número dos en el ínfimo trozo de grava que a Hamilton se le habrá antojado enorme, gigantesco, infinito, cuerpo celeste diminuto en medio de la vastedad sin límites del universo.