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martes, 12 de enero de 2010

Invasión de loísmos (el aguijón en el vocablo)

Leo La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, junto a la estufa de leña en este invierno de perros que hasta finales de noviembre parecía un otoño de ángeles y una frase llama poderosamente mi atención, igual que palabras como hasi por así o envede por en vez de (triste pero cierto) que encuentro en algunos ejercicios de mis alumnos.
Advierto de que la frase en cuestión puede ser perjudicial para la salud lingüística de los lectores, así que, si por casualidad lees esto y no has cumplido 18 años, cambia de blog.

"Siempre es reconfortante que lo aseguren a uno que no se ha vuelto paranoico" (página 189).
Puede que eso sea cierto, pero más cierto es aún que esa frase no reconforta a nadie aunque no sufra de paranoia. Ese lo nocivo, dañino y detestable ataca los oídos y los ojos de todos menos de la traductora, Isabel González Gallarza. No descarto que reciba comisión de otorrinos y oftalmólogos afectados por la crisis.

Y el caso es que cada vez me encuentro con más ejemplos de loísmo, es decir, el empleo de lo, que debe usarse para el complemento directo, para referirse al complemento indirecto. En la oración de La elegancia del erizo, el C. directo es "que no se ha vuelto paranoico" y el lo se refiere a uno, que es el C. indirecto, y por tanto habría que sustituirlo por le invariable en género. En este tiempo he oído varios ejemplos más, como "Dalo vuelta" por "Dale vuelta (a la ensalada)" o "Lo echamos un vistazo" por "Le echamos un vistazo".

El loísmo avanza por estas tierras castellanas a buen paso porque, en mi opinión, hay una tendencia a corregir el leísmo y laísmo endémicos del castellano del centro de España (presente en Quevedo y tantos otros), lo que origina hipercorrecciones, es decir, correcciones erróneas: escribir un lo donde correspondería el le que el hablante hubiera empleado si no buscara corregir ese fallo.

Así, en el mundo periodístico hoy se oyen pero, sobre todo, se leen unos lo (incluso correctos), dignos de novela hispanoamericana, prácticamente inéditos, pues en España el leísmo de persona está muy extendido e incluso aceptado por la RAE.

Y eso ha llegado ya a la traducción. Ya se sabe: traduttore...

martes, 25 de noviembre de 2008

Traducciones literales I (el aguijón en el vocablo)

Con las elecciones de EE.UU. y el flamante equipo de gobierno que día a día vamos leyendo en la prensa y vemos en televisión e internet compruebo por enésima vez la pereza mental que inunda el periodismo cuando se trata de traducir términos de otros idiomas (en particular, del inglés) al nuestro. Aunque el periodista cuenta con la dificultad (y la excusa) del apresuramiento, de la inmediatez, lo cierto es que la traducción literal asoma la cabeza en novelas y otros textos que pueden estudiarse con más detenimiento, como contaba hace ya tiempo Javier Marías en El País Semanal.

La rapidez que implica la noticia no exime al periodista de la falta que comete cuando se incurre en ella hasta la saciedad o cuando se repite mecánicamente sin reparar en su significado en español o en que ya existen las palabras precisas en castellano para denominar aquello que ha de traducirse. Las traducciones literales al principio chirrían, pero luego se van adaptando a nuestro discurso. Nuestros oídos, desde luego, se acostumbran a todo.
El día de las elecciones americanas los oídos me lloraban ya de escuchar continuamente las palabras "votos electorales" y "votos populares". Venían a mis oídos y se enseñoreaban de ellos como música de las estrellas. Y en el hartazgo que se iba apoderando de todo mi ser, acabé reflexionando sobre el significado de "votos populares" y "votos electorales". ¿Qué coño quería decir eso? Deduje por mis propios medios que el sintagma "votos populares" venía a referirse a lo que en España llamamos "votos" a secas, y los "votos electorales" a lo que denominamos "escaños" o bien en este caso "delegados". ¿Por qué entonces repetir continuamente eso tan americano de "votos electorales" y "votos populares" si tenemos prácticamente que imaginarnos su significado?
(Continuará)

jueves, 13 de noviembre de 2008

A los troyanos lo de los troyanos y a los aqueos lo de los aqueos

Es curioso cómo una mala traducción, una interpretación errónea o una elisión más o menos voluntaria puede cambiar radicalmente la realidad. 
Según la Ilíada, los troyanos sufrieron un asedio que se prolongó nada menos que nueve años, momento en el cual se manifiesta la cólera de Aquiles. El asalto a la ciudad, mítica durante siglos, es una obra maestra de la astucia sobradamente conocida. Los troyanos aceptan un caballo envenenado (con un rico mundo interior, diría algún psicoanalista contemporáneo) que lleva en sus entrañas, como una madre, la destrucción de la ciudad. Y, sin embargo, paradójicamente, en informática reciben el nombre de troyanos aquellos programas que se instalan inadvertidamente en los ordenadores y controlan los movimientos o las páginas que visitan sus usuarios. Los troyanos son, pues, programas espía que llevan a cabo una labor semejante a la que desempeñó el caballo de Troya en la Ilíada, pero no los troyanos, que precisamente fueron sus víctimas (que se lo digan a Eneas, por ejemplo), ya que el animal de madera fue obra de los aqueos. 
Dice la Wikipedia, que hoy parece necesitar de nuestra ayuda (pretenden recaudar seis millones de dólares en todo el mundo, ni más ni menos), que la palabra troyano, con esta acepción, procede directamente del trojan horse inglés, 'caballo troyano' literalmente, expresión de la que por economía lingüística, supongo, o por ecología, se eliminó el caballo
Internet ha convertido a los troyanos en invasores. Cómo se nota que ni Las troyanas de Eurípides ni la Ilíada están en los primeros puestos en las listas de venta de libros...

viernes, 3 de octubre de 2008

Palabras perdidas (II): El delincuente honesto (o los ladrones somos gente honesta)

Parece que la misma suerte que está corriendo la palabra viajante, de la que hablamos aquí en días pasados, le espera a mi pobrecito adjetivo honrado y a su sustantivo correspondiente, honradez, de manera que habrá que modificar en las adaptaciones de los clásicos el nombre de las obras de teatro y escribirlas tal y como aparecen en el título de esta entrada. El delincuente honrado y Los ladrones somos gente honrada han muerto; vivan El delincuente honesto y los ladrones honestos.

Llevo varios días explicando a mis alumnos que la lengua y la literatura son productos de la sociedad que las crea y, pensando en el porqué de tamaña desaparición o de tamaña sustitución, por decirlo más exactamente, quizá se deba a que el mundo de hoy es menos honrado que el de ayer (véase Lehman Brothers and company), pero, por otro lado, tampoco puede decirse que sea más honesto.

En el diccionario de la RAE, honesto aparece como sinónimo de honrado sólo en la cuarta y última acepción. Honesto era, principalmente, la persona pudorosa o decorosa. Pero la diferencia con honrado ha acbado por desaparecer, así que los hablantes han optado por eliminar una de ellas, especialmente políticos y periodistas, que es de quienes ha partido esta asimilación.

Quizá se haya preferido honesto a honrado porque la honradez se asocia un poco a la pobreza. De ahí la frase "Soy pobre pero honrado", que algunos cambian por la más expresiva "Soy pobre pero limpio", como si hubiera alguna oposición entre ambas palabras. Es la honradez del villano, la honra que proclama poseer Pedro Crespo en El alcalde de Zalamea, Peribáñez y tantos otros personajes de nuestro teatro clásico y que algunos mandamases le negaban al pueblo.

Pero yo ya he aprendido la lección. Si los ricos son honestos, habrá que imitarlos, a ver si nos cae algo. Aunque, pensándolo bien, no entiendo por qué se dice lo de "Soy pobre pero honrado". Más adversativa sería, sin duda, y más en los tiempos que corren, si dijera: "Soy rico, pero honesto".


Gaspar Melchor de Jovellanos, autor de El delincuente honrado.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Palabras perdidas (I): Muerte de viajante


Gregorio Samsa era un viajante que una mañana cualquiera se despertó convertido en un repelente insecto gigante. La historia de la Metamorfosis de Kafka no es muy verosímil en sí, aunque se hunda en el inconsciente del ser humano con la fuerza de un pozo petrolífero. Pero lo que más sorprendería de la frase anterior en el lenguaje actual sería la palabra viajante. Dudo de que la conozcan muchos de nuestros adolescentes. Fue condenada a muerte por ese empeño terco y tan de nuestros tiempos de ocultar las profesiones (o lo que sea) que carecen de un determinado nivel de prestigio bajo denominaciones eufemísticas absurdas.

Parece que uno se imagine al viajante conduciendo un coche obsoleto (pongamos un Renault 21, a lo sumo), un tipo triste y grisáceo de una España desaparecida de pensiones sin baño y bocatas para ahorrarse un duro en la comida.

Un día, los comerciales se abrieron paso a empellones como los profesionales modernos que eran, y destronaron de sus puestos a los viajantes, que eran ellos mismos, sólo que más viejos, más pobres y más tontos. Imagino que tuvo que haber un tiempo de crisis de identidad, como la de Gregorio Samsa, o como la de Julio Llamazares, entre el anodino y anticuado viajante y el dinámico y pujante comercial, pero la nueva raza fue extendiéndose por todas partes con la fuerza de los que han nacido para domeñar el mundo.

La primera víctima de su arrojo fue la palabra viajante, que camina con paso firme, como el elefante que presiente su fin, hacia el cielo de estrellas en el que viven los vocablos que ya no habitan en nuestras lenguas: el lánguido y añorado mundo de los arcaísmos.

lunes, 2 de junio de 2008

Ibéricas críticas innecesarias

Dedica José María Vaz de Soto su artículo del sábado en la edición andaluza de El Mundo a un asunto que desde su punto de vista no debe de ser baladí: criticar a una meteoróloga (o presentadora de El tiempo, quizá) por decir "península ibérica" donde debiera decir, según Vaz de Soto, claro, "península" a secas, por estar el adjetivo "ibérica" sobreentendido. Ustedes valorarán en su justa medida la pertinencia o no del tema para un artículo de opinión, teniendo en cuenta, eso sí, que decir península ibérica, aunque sea redundante en el contexto, no puede considerarse un error, sino, como mucho y exagerando, exceso de celo.

Me he interesado por la biografía de Vaz de Soto, que mi supina ignorancia desconocía, y leo en alguna página web, más o menos fiable, que estudió en la universidad Filosofía y Letras, aunque no especifica qué especialidad, y leo también que ha escrito a lo largo de su vida varios libros dedicados a la lingüística, a la dialectología, como Defensa de la lengua andaluza (1981) y El habla en la tierra de Aliste (1967).

Precisamente por eso me choca que Vaz de Soto, cuyo bagaje es indiscutible, cometa un error de bulto en el mismo artículo en el que pone a caldo a una presentadora de televisión por ser "pesada": considerar que "ibérica" en "península ibérica" es un adjetivo determinativo. Por resumir, diré que son adjetivos determinativos los que conocemos comúnmente como determinantes, palabras que sirven para actualizar y concretar al sustantivo al que preceden. Por eso algunos lingüistas los denominan actualizadores: artículos, posesivos, demostrativos... Si nosotros decimos "parque", aludimos genéricamente a todos los parques (y a ninguno), pero si decimos "el parque" o "este parque" o "tu parque", nos estamos refiriendo a un parque concreto. Ese es el trabajo que realizan los adjetivos determinativos, y no es equivalente al que efectúa el adjetivo "ibérica".

En realidad, "ibérica" es un adjetivo calificativo, como "amarillo", "alto", etc., y lo es porque remite a una cualidad del sustantivo del que depende. Confundir un adjetivo calificativo con uno determinativo sí es un error grave y no decir península ibérica en vez de península a secas por mucho que no lo exija el contexto.

Cuando alguien se pone a censurar supuestos fallos lingüísticos, y más cuando se hace sin el más mínimo sentido del humor, ha de tener especial cuidado de no incurrir en ningún error, porque puede acabar convertido en el cazador cazado. Claro, que a Vaz de Soto siempre le quedará la enseñanza que la malevolente sabiduría popular ha venido atribuyendo principalmente a los curas: "Haz lo que yo diga y no lo que yo haga".

miércoles, 14 de mayo de 2008

Gerona, Lérida, La Coruña y Orense, a la deriva (II. El mapa y la Real Academia)

Todos los mapas de hoy siguen estando en un idioma, el español en los pensados para hispanohablantes. En el mapa uno busca Alemania, no Deutchland, o Austria, no Österreich, y no figuran ni United Kingdom ni United States, sino Gran Bretaña o Estados Unidos. Habría que ver quién se enteraba de qué países se encuentran bajo denominaciones crípticas como Suomi, Hrvatska o Magyarország, que no son otros sino Finlandia, Croacia y Hungría, respectivamente. Y no digamos si hubiera que escribir los nombres en árabe o en chino mandarín.
Con las ciudades sucede lo mismo que con los países: en los mapas viene Londres y no London, Mantua y no Mantova, Varsovia y no Warszawa, y paro ya porque podríamos alargarnos hasta el infinito y no merece la pena dejarse la vida en redundancias.

Antes he dicho que todos los mapas están sujetos a un idioma, español, catalán, inglés, o el que sea, pero no es cierto. La excepción es el mapa de España, que está escrito en varios a la vez y sin mucha coherencia, por cierto. Mis alumnos del Ámbito lingüístico y social de Diversificación Curricular de Tercero de ESO (manda huevos, que diría Trillo) se enfrentan en su libro de texto (de Editex, p.140) a un mapa de España que ni está en castellano, ni en catalán, ni en vasco, ni en gallego, sino todo lo contrario, todo junto y separado al mismo tiempo.
Por supuesto que no aparecen mis queridas Gerona y Lérida, ni La Coruña u Orense, pero sí Cataluña y Galicia, así, tal cual, cuando lo más congruente, teniendo en cuenta que figuraban Girona, Lleida, A Coruña y Ourense, hubiera sido sustituirlas por sus topónimos en catalán y gallego: Catalunya y Galiza. País Vasco y Comunidad Valencia también están escritas en español, pero no las Islas Baleares (Illes Balears). La confusión reinante se completa con la denominación bilingüe de las capitales de País Vasco y Comunidad Valenciana.

A mi modo de ver, lo lógico hubiera sido poner todas las ciudades en sus dos denominaciones (la de las lenguas oficiales de cada comunidad) o todas en español, que es la lengua en la que está elaborado el mapa. No se me escapa que los nombres se hayan tomado del idioma en el que los lugares figuren oficialmente, pero eso conduce a una grave confusión, y sólo se explica por motivos políticos.

Cuando a la RAE se le preguntó cómo había que decir en español los topónimos como Orense y Lérida, contestó que en español. Parece una tautología (el que habla en español dice las cosas en español, como el gallego en gallego o el francés en francés), pero en España, y más para ciertas cosas, la lógica es un trasto viejo que ha quedado fuera de combate. A Víctor García de la Concha, y por extensión a la RAE, se le echaron encima todos los nacionalistas, que rugieron como leones salvajes para desacreditar a la institución tildándola de desfasada y autoritaria, y a sus miembros de intransigentes, carcas y poco menos que fachas, que es lo que suelen hacer ciertos "demócratas" cuando una opinión (más si es fundamentada) no se atiene a sus criterios.

La RAE dio su opinión ante la duda (que no es vinculante en ningún caso para los usuarios de la lengua, como explicó el recién ingresado académico Javier Marías en EPS este domingo), pero muy poquita gente le hizo caso. Y es de ver la tristeza con la que Orense, Lérida, La Coruña o Gerona, desvalidas y abandonadas se van consumiendo entre olas gigantes que las van condenando, lenta pero irremisiblemente, al clamoroso silencio de las insondables profundidades abisales...

martes, 13 de mayo de 2008

Gerona, Lérida, La Coruña y Orense, a la deriva (I)

Hay palabras que se han ido disolviendo en el pasado como una pizca de sal en pleno océano, vocablos sin suerte que perdieron el favor de los seres humanos que los pronunciaban y les hacían cosquillear en forma de ondas mientras se adentraban como la nave Argos en el oído de sus interlocutores. Después, los hablantes que habían confiado en ellas las abandonaron y ahora se agarran sin esperanza a los restos del naufragio, a una débil tabla a la deriva, para no hundirse definitivamente.
Se me vienen a la mente las palabras Gerona y Lérida, tan campantes ellas, tan felices, ignorantes hasta el último momento de que iban a ser desterradas de los mapas a golpe de decreto. Un día lejano, de hace diez o quince años, anunciaron en el telediario algo así como que estábamos equivocados, que nos habíamos pasado la vida hablando de Gerona y de Lérida cuando lo que teníamos que decir era Girona y Lleida, y algo más tarde nos enteramos también de que había que decir A Coruña y Ourense, y no las falaces y mentirosas denominaciones de La Coruña y Orense, invenciones quijotescas de un mundo ya caduco.

Yo echo mucho de menos a Gerona y a Lérida, a La Coruña y a Orense, que existen tanto como Teruel y Soria, y siempre he advertido a mis alumnos de cómo las llamábamos en la Antigüedad, porque ningún mapa recoge hoy su nombre en castellano. "En mi época decíamos...", y al acabar la frase con ojos lánguidos y arrobado gesto no puedo dejar de sentirme como el abuelo Cebolleta contando batallitas inventadas a los nietos.

jueves, 29 de noviembre de 2007

El cambio idiomático: un ejemplo

Hace algún tiempo lanzábamos desde aquí un desesperado S.O.S. ante la prolongada desaparición de cuyo. Nuestro bienamado determinante relativo, cuya forma pronominal se perdió en el curso de algún siglo pretérito, ha debido de caer en un pozo profundo, en un agujero negro desde el que nos es imposible oír sus gritos, su preciosa voz, lo cual resulta especialmente doloroso para un vocablo.
Cuyo es el pariente venido a menos de la familia de los relativos. Pero a otros miembros de la familia les va mucho mejor. Donde es el nuevo rico, el indiano que se marchó a las Américas con los pies descalzos y un mendrugo de pan duro, y retorna a su país de origen con el coche forrado de billetes de 500 euros. Cuyo está agonizando mientras que donde está más vivo que nunca y se emplea para muchos usos que no le corresponden. Como adverbio relativo, su antecedente debe ser un lugar, pero actualmente aparece en contextos inverosímiles. Citaré un par de ejemplos que he oído o leído hoy mismo: ""Hoy es un día donde el Gobierno estará compartiendo la alegría de ver al presidente de la AVT entrando por la puerta de la Audiencia Nacional". El error es tan evidente que elplural.com y otros medios lo han corregido por "Hoy es un día en el que...". Alcaraz ha pronunciado la primera versión. Antes, a primera hora de la mañana, Carlos Herrera ha utilizado de la misma forma el adverbio relativo en cuestión, pero no puedo transcribirlo aquí porque no lo recuerdo con exactitud. En cambio sí puedo citar un ejemplo antológico que aparece en un texto de algún gobierno o instituto gubernamental (central o autonómico) que ha surgido al albur de la celebración del día contra la violencia machista: "La violencia es uno de los problemas pendientes de resolver en nuestra sociedad. Se fundamenta en una relación de poder, donde alguien trata de dominar a otra persona [...]". Así reza el texto [que luego deambula agarradito a la ortodoxia de lo políticamente correcto] con una incorrección más flagrante que las anteriores, sobre todo porque se halla en un texto escrito que ha sido dado a la imprenta y que, por tanto, ha sido meditado y corregido, cosa que no han podido hacer ni Carlos Herrera ni F.J. Alcaraz.
El donde relativo se expande a mayor velocidad que el mejillón-cebra. Es una especie autóctona que se impone a otras especies igualmente autóctonas, sólo que más torpes. Si queremos detenerlo debemos actuar para controlar el sitio que pertenece a cada cual antes de que tengamos que lamentarnos de extinciones y usurpaciones de hábitat. Contra la evolución no: contra el cambio idiomático incontrolado, castellanohablantes todos, uníos.

jueves, 15 de noviembre de 2007

De sorprendentes competencias básicas

Desde el año pasado, entre octubre y noviembre, la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía nos agasaja a los profesores de lengua y de matemáticas con la realización de las pomposamente denominadas pruebas de evaluación diagnóstica, destinadas a los alumnos que acaban de comenzar tercero de ESO.
En realidad, no sé por qué tenemos que corregirlas los profesores de lengua, ya que ni siquieran llevan el nombre de la asignatura (Lengua castellana y literatura), sino que se llaman de comunicación lingüística. Consisten en un par de cuadernillos con preguntas para evaluar las "competencias básicas" de los estudiantes, es decir, comprensión oral y escrita, y expresión escrita, nada complicado: preguntas sobre una factura de luz, o sobre una interesantísima acta de una reunión de vecinos. Los que elaboran las pruebas se meten en la piel de los adolescentes y buscan ejercicios que estén en la onda: un texto con las palabras tron, tío y pringado (que tenían que definir), una canción de Andy y Lucas en la que se repetía hasta la náusea la palabra manos..., cosas así.

El único aspecto que forma parte de la disciplina de la asignatura y que se incluye en los cuadernillos (se ha incluido en las dos ediciones) es la dialectología del andaluz. No se pide nada de sintaxis, ni de morfología, ni de literatura. Los niños no tienen que saber dónde se habla español, ni qué define al teatro o la poesía; no tienen que conocer prácticamente nada de lengua ni de literatura, salvo leer y escribir con corrección, y entender a una lucentina que se quejó en la radio de que su hijo había pagado una multa y de que, a pesar de ello, los avariciosos de la DGT se la querían cobrar otra vez. Pero, en opinión de la Junta de Andalucía, lo que sí ha de figurar entre las competencias básicas de todo alumno es conocer todos y cada uno de los rasgos de las hablas andaluzas: seseo, ceceo, aspiración de la h, relajación de la -s en posición implosiva, etc., todos, sin excepción.

La desproporción entre la importancia otorgada a unos conocimientos frente a otros sólo puede obedecer a ese fenómeno en pleno auge en muchas autonomías desde que recibieron las competencias en educación: la exaltación de las peculiaridades regionales e, incluso, en algunas, el adoctrinamiento identitario del alumnado. ¡Si en las pruebas hasta rebajaban un punto la nota del ejercicio de la mujer de la multa si en el resumen el estudiante no indicaba que los hechos transcurrían en Lucena!

De todo el currículo (el plan de estudios) de la asignatura que no se refiere a la competencia comunicativa, los autores de la prueba de diagnóstico del año pasado y de este curso han considerado exclusivamente imprescindibles los rasgos de las hablas andaluzas. Y lo peor de todo (o lo más significativo) es que nadie de mi departamento se ha sorprendido de ello. Ya estamos acostumbrados a estas cosas.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Con zeta de Saturna (y de Zapatero)


Ayer hablaba aquí sobre la imprescindible actualidad de los clásicos y hoy he encontrado una muestra más (y extrema) de que los grandes autores no pasan nunca de moda y son necesarios en el mundo de hoy, como lo fueron en el de ayer y como lo serán en el de mañana (siempre que no sean aniquilados por el cambio climático y demás catástrofes naturales).

Leyendo Tristana, una novela de Pérez Galdós, me he topado con este fragmento, que bien podría haber encabezado cualquier noticiario de esta tarde: "Libertad honrada es mi tema..., o si quieres, mi dogma. Ya sé que es difícil, muy difícil, porque la sociedaz, como dice Saturna...". Con zeta de Zapatero, podría haber añadido, pero el fondo de la cuestión ya estaba dicho.

El académico Juan Luis Cebrián ha condenado con dureza la ortográficamente heterodoxa campaña del PSOE. Seguramente haya sido su mayor aportación a la RAE desde que entró a formar parte de tan distinguida institución. El exceso de celo del excelso académico sólo puede explicarse por razones muy alejadas a las propiamente lingüísticas. De ahí que critique una campaña con una crudeza que no han usado ni los rivales políticos del Presidente del Gobierno, que bastante tiene con lo que ha ocurrido en Chile. A Rodríguez Zapatero se le notaba en sus declaraciones que ha pasado unos días muy duros por la lamentable actuación de Chávez y Ortega en la Cumbre Iberoamericana. Por eso, prefiero recordar la exitosa liberación de los tres españoles detenidos en Chad y rectificar mis comentarios del lunes. Si me detienen en algún país extranjero, ya no me haré pasar por un francés cualquiera. "Soy español de pura cepa", diré, o mejor, no diré nada. Así contribuiré activamente al éxito de nuestra callada diplomacia.

jueves, 25 de octubre de 2007

Matas un gato y te llaman mataperros, o viceversa.


Todos sabemos que un idioma no se habla de la misma forma en todos los lugares en los que se usa. Así aparecen las variedades dialectales. El nivel léxico-semántico (el vocabulario, por resumirlo salvajemente) es el más propenso a sufrir cambios. Algunos son muy poco significativos, pero fueron esos precisamente los que más llamaron mi atención cuando vine a vivir a Andalucía. Por ejemplo, Moisés, un compañero del instituto Medina Azahara de Córdoba, me dijo delante de un café quemado al estilo cordobés: "Matas un gato y te llaman matagatos". Yo, que en Rioseco, Valladolid y demás Castillas y Leones había escuchado siempre "Matas un perro y te llaman mataperros" (el de la foto está a prueba de canófobos), me quedé extrañadísimo y con la sensación de que Moisés había cambiado la frase para tomarme el pelo.
Otra expresión que parece querer llevar la contraria (de unos a otros o de otros a unos) es la de hijo/hija o padre/madre. En muchas partes de España se utiliza el hijo/hija como vocativo para nombrar a una persona cuyo nombre se desconoce o no se quiere decir por las razones que sea. Lo dicen mucho los dependientes de Zara, El Corte Inglés y compañía: "Toma, hijo, la camiseta". Pero en algunos lugares de Andalucía (desde luego Córdoba, Sevilla...) la frase sería: "Toma, padre, la camiseta".

El 29 de junio de hace dos años recibí una llamada telefónica. Por el móvil escuché una voz lejanamente familiar: "Felicidades, padre". Como mi cumpleaños es en noviembre y yo no tenía hijos, le dije que se había equivocado. Mi sorpresa fue enorme cuando me respondió: "¿No eres Pablo?" No había ningún error. Resultó ser el entrañable cura con el que había compartido tres años de guardia de recreo, amén (nunca mejor dicho) de otros muchos momentos y risas en el instituto de La Puebla de los Infantes. Y resultó que el día en cuestión era San Pedro y San Pablo, y, por tanto, mi santo, motivo de felicitación corriente por estos lares. Y resultó, finalmente, que su padre era mi hijo. Y que desde entonces espero con fervor que se me aparezca el Espíritu Santo en forma de paloma. O algo parecido.

viernes, 19 de octubre de 2007

Dos hombres, dos vídeos y un destino

La Blogse ha demostrado una vez más su vocación de blog visionario. Hablamos aquí hace diez días, en pura primicia de un tema que ha acaparado los noticiarios de radio y televisión, y las portadas de la prensa española. Hasta ayer, nadie daba un duro por este asunto, que no es otro que el de la pronunciación del archifonema Z a final de sílaba, en este caso a final de palabra. Por este tema se apostaba menos que por la victoria final de Kimi Raikkonen este domingo; La Blogse ya trató de él el 9 de octubre.
El Presidente del Gobierno reconoce en un ya celebérrimo vídeo que pronuncia mucho la z, pero sus conocimientos de dialectología española no le dan (como es lógico) para saber que ese rasgo fonético es típico de grandes zonas de Castilla y León. Es curioso que un fonema inexistente en muchos idiomas y en muchos dialectos del español haya calado de tal forma en el castellano de Castilla. Casi parece que, inconscientemente, estos hablantes hayan convertido el sonido z en una enseña, en un rasgo de identidad, lo mismo que han hecho Zapatero y sus asesores en esta precampaña tan proclive a los vídeos.

Los dos grandes partidos han demostrado que saben hacerse oposición hasta en la propaganda audiovisual: Rajoy usurpando una solemnidad que no le corresponde y Zapatero mostrando una ligereza impropia de un presidente del gobierno buscando el voto. Aunque, puestos a elegir, prefiero el mensaje de insoportable buen rollo de Zapatero que el pretendido mensaje institucional del líder de la oposición. Como si no tuviéramos bastante con el mensaje del Rey en Nochebuena (del que no salva ni el mando a distancia) y, en Andalucía, con la copia corregida, aumentada y aún más insoportable que es el mensaje a los andaluces de Manuel Chaves.

En relación con éstos, el vídeo institucional de Rajoy resultaba extemporáneo y bastante absurdo, pero sobre todo cutre, muy cutre. A su lado, el mensaje de Zapatero parecía rodado por Spielberg; el de Rajoy no lo habría firmado ni Ventura Pons.

martes, 16 de octubre de 2007

Sentir morriña de la modorra (o modorra de la morriña)

Un día cualquiera del año pasado, en clase de 4º de ESO, varios alumnos me pidieron que no hiciéramos nada (si me dieran un euro cada vez que oigo esa frase, que diría Homer...) aduciendo que tenían morriña. Extrañado de que muchachos de 16 años sintieran morriña (¿de qué lejanas tierras?), interrogué sus rostros y no encontré en ellos ningún atisbo de melancolía, ni la más leve tristeza. Más bien presidía la cara de algunos un sopor inconfundible provocado por el botellón (la botellona, dicen por estas tierras) del fin de semana.
- Lo que tenéis vosotros es modorra.

- ¿Qué modorra? ¡Morrina! -respondió un alumno de nombre imperial que ni siquiera sabía pronunciar morriña.

Mi sorpresa fue aún mayor cuando mis compañeros no se extrañaron lo más mínimo de tan radical cambio en el significado de la palabra. De lo cual deduje que en parte del valle del Guadalquivir la palabra morriña con el significado de nostalgia, añoranza o la más tradicional (aunque en desuso) querencia había muerto.

La confusión de modorra y morriña se ha extendido con mayor rapidez de la que yo esperaba. Este verano, tomando café en el mítico bar Sequillo (de Rioseco, claro) con mi hermano Álvaro, oí la misma expresión: por edad, el hombre podría sufrir morriña, pero se veía a cien kilómetros que lo que le pasaba era que tenía un sueño difícilmente consolable.

Parece mentira que tomemos prestada una palabra de otro idioma (el gallego), que sin encomendarnos ni a Dios ni al diablo le otorguemos una función que ya realizaba otro vocablo, y que a fin de cuentas este término quede desplazado y sin trabajo. Así, con dos cojones. Que no cunda el ejemplo...

martes, 9 de octubre de 2007

Sabadel, Madrit y Pepa Fernández

El sábado, mientras conducía entre montes alfombrados de olivos, Pepa Fernández se lamentaba en su programa de RNE de que los hispanohablantes no pronunciáramos la ll final que aparece en muchas palabras del catalán y se quejaba de que a los hablantes de catalán se les criticara por ensordecer la -d final del castellano, que en catalán se convierte en una t.
El problema de la -ll surge de vez en cuando, transformado ya en una especie de tópico sobre la falta de interés de los hispanohablantes por el catalán. En realidad, cualquier observador del lenguaje puede darse cuenta de que en español no sólo no existe la -ll a final de palabra, sino que ni siquiera aparece en posición implosiva, es decir, después de la vocal, que es el núcleo silábico. El fonema -ll en esa situación es, por tanto, ajeno al sistema fonético del castellano y es lógico que sus hablantes no lo pronuncien, como no pronuncian fonemas extraños de otras lenguas, aunque sean cercanas como el francés o muy extendidas como el inglés.
Comparar eso con el ensordecimiento de la d a final de palabra es un sinsentido por varias causas. Primero, porque el catalán que, por contaminación (en terminología lingüística) dice maldat, está hablando en español, mientras que el hispanohablante que dice Sabadel en lugar de Sabadell no habla en catalán. Nadie en su sano juicio criticará la pronunciación en este último idioma de Madrid (o la de Teruel o la que sea) si no coincide con la castellana. En segundo lugar, porque el "error" que con tanto victimismo decía Pepa Fernández que se criticaba a muchos catalanes lo cometen, aunque de otra manera, en lugares cuya habla se ha convertido en la norma del español. En Valladolid, por ejemplo, decimos Valladoliz, no Valladolid, y también se nos critica por ello.
Dejémonos de luchas lingüísticas baldías y de victimismos sin causa e intentemos hablar de la mejor manera de que seamos capaces en el idioma en el que nos estemos expresando . Nuestros oyentes nos lo agradecerán.

lunes, 1 de octubre de 2007

La lengu@, el géner@ y el sex@

Ayer, Rafael Reig lanzó a los cuatro vientos una sugerente propuesta en Público. Su artículo versaba sobre la ya no tan reciente costumbre de utilizar juntas la forma masculina y la femenina (o, peor aún, la arroba) para evitar la discriminación por razón de sexo. No vamos a negar que la lengua es machista, porque la lengua es producto de la sociedad que la usa (y que, por tanto, la modifica) y nuestra sociedad es patriarcal. Rafael Reig no pretende que dupliquemos un sustantivo con sus dos formas genéricas, pues le parece una cursilería (lo de los vascos y las vascas del lehendakari consulting), pero propone una solución al parecer usada por los anglófonos que consiste en alternar el uso de ambos géneros en formas impersonales. No sé qué querrá decir exactamente con eso, porque Congreso de los diputados (o Congreso de las diputadas), que es el ejemplo que da Reig, no es ninguna expresión impersonal hasta la fecha.
La sociedad puede modificar la lengua, cierto, pero a su vez está determinada por ella, ya que la lengua la antecede. Un hablante no puede cambiarla a su antojo, porque las lenguas son convencionales y sirven para entenderse. Es decir, si yo leo Congreso de las diputadas pienso que allí sólo hay mujeres, porque el femenino se emplea exclusivamente para personas de ese sexo, diga lo que diga un usuario concreto.
Si las feministas vieran el lado positivo de las cosas, se darían cuenta de que en cierto modo las mujeres están privilegiadas por ese machismo, ya que poseen en la lengua un género exclusivo para ellas, mientras que los hombres tienen que compartir el suyo con las féminas. Sería algo así como lo mío, mío, y lo de los demás, a medias.
Lingüísticamente, la explicación es más simple, porque no está contaminada por la dictadura de lo políticamente correcto. Las lenguas se rigen por dos principios. Uno de ellos es el principio de economía. Es un principio que seguimos muchos seres humanos: no gastes más energía de la estrictamente necesaria. Por eso no hay tres géneros, sino que a uno de ellos se le asigna su valor propio más el de la totalidad, el del conjunto. En lingüística a este último se le conoce como término no marcado en cuanto al género. A mis alumnos les suelo poner el ejemplo tipo: día y noche. Día es el término no marcado. Es el período de tiempo que goza de la luz solar, pero también se refiere al día completo, que incluye la noche. Así el hablante no tiene que usar más que dos palabras, se ahorra una. Y lo mismo sucede con el género. Que en ello ha influido (inconscientemente) el machismo imperante en nuestra sociedad desde hace siglos es evidente. Pero pretender corregirlo artificialmente como quieren los políticos (tan afectos a lo políticamente correcto) y las feministas de raza (¿por qué no exigen que se diga pianisto?) no resuelve el problema. Ni lo resuelve la imaginativa solución de Rafael Reig. El sistema que usa la lengua es perfecto y cambiarlo significa convertir al género femenino en el término no marcado, porque a ningún hablante que no dé discursos políticos jamás se le ocurrirá habla a sus amigos y a sus amigas sobre los diferentes temas y temos de los que les apetezca (o apetezco) hablar. Y una vez allí, la situación será simétricamente tan discriminatoria como la actual. Después de recorrer un camino tan largo, tendríamos que desandar lo andado con tanto sacrificio.

viernes, 7 de septiembre de 2007

El aguijón en el vocablo by Pablo A. Fdez. Magdaleno


Ya era hora de que se me viese el plumero y por algún lado se notase que soy profesor de lengua, porque hasta ahora de la lengua me había ocupado hace bastante tiempo en una entrada que más bien parecía un episodio del famoso y nunca suficientemente llorado ¿Quién sabe dónde?, presentado por Paco Lobatón. Removí entonces cielo y tierra para dar con algún cuyo que llevarme a la palabra, es decir, a la boca, pero lamentablemente lo encontré desterrado o enterrado, valga la paradoja, por la falta de interés que los periodistas muestran por su propio idioma.

En este caso no es una desaparición lo que me "preocupa", sino un cambio. Acostumbrado durante siglos a que la pertenencia, dentro de la cual podríamos incluir la autoría, se marcaba con la preposición de, el castellano no acaba de amoldarse bien a ese por anglicista que por obra y gracia de las traducciones literales triunfa y machaca en todas partes al pobrecillo de autóctono, como un vulgar cangrejo americano que arrincona, margina y extermina al encantadoramente torpe cangrejo de río de toda la vida.
No es el caso de la preposición de, cuyas funciones son tan vastas que su subsistencia está fuera de todo peligro. Podría decirse que es precisamente su gran éxito el que ha provocado la aparición de por. Pongamos por caso: si nosotros escribimos La casa verde de Vargas Llosa, y no escribimos el título en cursiva, no sabemos si Vargas Llosa se ha comprado una casa verde en Perú o es que escribió en su día una novela con ese nombre. Así, es mucho más discriminatorio (en el buen sentido del término) escribir La casa verde por Vargas Llosa, y aún más si el autor es completamente desconocido o conocido por la "minoría de siempre" (se dice "Metáforas con dedos fríos" por Luis García Montero, pero ¿aceptarían acaso que en la portada de una edición del Quijote apareciera bajo el título "por Miguel de Cervantes"?

Yo, que en mi adolescencia leí los magníficos cómics de Anacleto, hechos by Vázquez, jamás imaginé que by, oportunamente calcado al español, iba a convertirse en una construcción tan extendida (fundamentalmente en los artículos, como puntualiza mi hermano Diego), en especial porque a mis pobres oídos, qué quieren que les diga (otro purista más, objetarán algunos) les sigue rechinando como el primer día.


martes, 14 de agosto de 2007

En busca del cuyo perdido

Todos sabemos a estas alturas que el diccionario y la gramática de una lengua son seres que sufren un maltrato continuo y deshonroso; y todos sabemos también que muchas de las vejaciones y tropelías de que son objeto proceden de un gremio multiforme y heterogéneo, de un gremio con carrera, no faltaba más, cuyo principal instrumento es precisamente el objeto de su saña. Los periodistas (¿o mejor licenciados en ciencias de la información?), con las excepciones que se quiera, adolecen de desidia en el aprendizaje de las normas idiomáticas, algo que no se ha corregido con la edición de libros de estilo, porque, para que funcionen, alguien tiene que leérselos.
Hay cientos de errores, pero me interesa detenerme, no en un error en sí, sino en un olvido, en un destierro. Los periodistas han condenado al ostracismo (como dirían ellos mismos) a la palabra cuyo, el determinante relativo que no es que nos alegrara la vida, pero cumplía una función dignísima. Y lo peor de todo es que la frase sustitutiva resulta un circunloquio insoportable. De "Los dos hombres, cuya nacionalidad se desconoce, han sido trasladados a un centro de acogida" a "Los dos hombres, de los que se desconoce la nacionalidad..." hay un gran trecho.
Hagamos propósito de enmienda, pidamos perdón a cuyo y levantemos el destierro a un relativo que tiene tanto derecho a subsistir como sus congéneres. He dicho.