Más aburrida que Alatriste me resultó Sunshine (de 1999, no confundir con la homónima de 2007), una película de tres horas de duración que se me hicieron tediosamente eternas. Tenía la sensación de que me estaba creciendo la barba y de que mis doloridas sienes iban a estar completamente blancas cuando me levantara del sofá. Sunshine narra la historia de varias generaciones de una familia centroeuropea. El actor que representa a la primera es Ralph Fiennes, que realizó un trabajo magnífico en La lista de Schindler poniéndose en la piel del comandante de campo nazi Amon Goeth. Cuando el primigenio Sunshine muere (momento en el que, por cierto, yo ya estaba deseando que cayera la familia entera), la historia se centra en su hijo, figura encarnada ¡por Ralph Fiennes!. Lo primero que hace el espectador es fruncir el ceño en señal de desconcierto, o bien abrir los ojos como platos en señal de lo mismo. Inmediatamente después se asombra de las insobornables leyes de la genética y, finalmente, al menos yo, desea sádicamente que le llegue su hora y a poder ser cuanto antes. Tras mucho batallar con el tiempo, el deseado momento le llegó (no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague) y a esas alturas yo estaba ya loco no sólo por que muriera él y su familia: deseaba fervientemente que explotara la televisión o que cayera una bomba nuclear que acabara con la civilización causante de aquel engendro aunque me destruyera a mí también.
Pero hete aquí que después de la muerte del segundo Sunshine lo sucede en el puesto su hijo, es decir, el nieto del primero, y ¿a que no adivinan quién es el actor que hace su papel? Premio: Ralph Fiennes. Maldita genética la de esta familia, que da trillizos donde debería dar hijos y nietos, que crea un ser que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, uno y trino, Dios único y todopoderoso de una escena que para mí se había convertido en el mismísimo infierno.
Reconozco que fueron momentos difíciles y que los superé como pude: con ayuda de especialistas, es decir, con buenas películas. Pero este fin de semana esos tiempos regresaron a mi mente nítidos y cristalinos viendo una película que contenía el mismo elemento discordante aunque en su versión contraria, como se verá, si los hados me son propicios, en la próxima entrada.