El fenómeno que se está dando en Andalucía tras el pacto entre Chaves y Zapatero para las inversiones del Estado en su comunidad refleja claramente la situación a la que ha llegado la España de las autonomías. Tras la visita, los periódicos principales y sus más preclaros colaboradores y columnistas no han criticado el nuevo sistema de adjudicación de las inversiones del Estado en algunas CC.AA., establecido en ciertos estatutos unilateralmente siguiendo la vieja máxima de "esto es mío porque a mí me sale de los cojones", sino que lo que se ha criticado es que el gobierno central de turno ha vuelto a timar a Andalucía (así, en general) porque va a recibir menos inversiones que Cataluña.
La extrema desigualdad de la financiación autonómica la puso de manifiesto Pedro Solbes indirectamente diciendo que el sistema podría soportar ciertas licencias presupuestarias siempre que no se apuntasen a ellas todas las autonomías. Porque hay políticos españoles listos como ardillas: los que han elegido para la financiación el rasgo con el que más dinero recibe su comunidad: en Cataluña, el PIB, pero no porque eso la beneficie; en Andalucía, la población, pero no porque Andalucía sea la comunidad más poblada (eso no es más que una casualidad), sino porque es lo justo. Siguiendo la misma lógica, el estatuto de Castilla-León debería dictar que se calculen las inversiones del Estado teniendo en cuenta su extensión y Cantabria podría calcularlas por la producción de sobaos pasiegos. Y éstas dos al menos pillarían algo, porque las últimas autonomías que revisen su estatuto (mira que les han advertido que se den prisa) no sólo no recibirán ni un duro de nadie (pobrecillas), sino que es muy probable que tengan que poner bote. Y chitón, no vayan a resultar de un centralismo reaccionario y, a lo peor, filofascistas.
La reforma de los estatutos de autonomías de esta solidarísima España ha puesto de moda varias frases hechas dignas de las mismísima Teresa de Calcuta: "¿Qué hay de lo mío?", "Lo mío, mío y lo de los demás, a medias" y "El que venga atrás que arree". O, mejor aún, que se joda.