Me quité el zapato del pie derecho con sigilo y lo acerqué cuidadosamente, con tiento y disimulo, hacia el insólito animal, que no ofreció demasiada resistencia. No sé si me vinieron a la mente las siglas "R.I.P" o las palabras "uno menos". Miré su cuerpo, más que aplastado, arrugado y contraído, pero muerto al fin y al cabo, y me entraron ganas de rodear su silueta con tiza para marcar el lugar exacto del asesinato.
Si el bicho hubiera sido más grande, o más horrendo, le hubiera rematado a conciencia con un par de hostiones más, pero en esta ocasión no se los di, en parte por pena (ya había sufrido bastante), en parte por no dejar la pared como un Cristo.
Volví al ordenador para terminar lo que estaba haciendo antes de sacar un pañuelo, amortajar con él al bichejo y arrojarlo a la basura. Y tecleando estaba cuando veo, más perplejo aún que al acabar de leer la noticia de la contusión vulvar de Beas de Segura, que la hormiga, la araña o lo que demonios fuera el asqueroso bicho ese, se rehace, recompone su forma original y se lanza pared abajo para, antes de poder reventarlo con mi zapato (juro que el golpe hubiera parecido más bien un epicentro), esconderse detrás del cabecero de la cama y dejarme con un cabreo de tres mil pares de narices, burlado por un bicho deforme que ha demostrado ser bastante más listo que yo.