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jueves, 2 de abril de 2009

Las Memorias de un setentón, de Ramón de Mesonero Romanos

Durante estos meses de silencio bloguero he descubierto la figura de Ramón de Mesonero Romanos. Lo conocía de algún cuadro de costumbres de las Escenas matritenses y de oír su nombre asociado casi siempre al de Larra y al de Serafín Estébanez Calderón, pero ignoraba la existencia de sus Memorias de un setentón, compuestas en las postrimerías de su larga vida (más aún teniendo en cuenta la esperanza de vida en el siglo XIX). En ello tal vez no tuviera escasa parte su patrimonio, heredado de su padre (salamanquino, como dice el propio Mesonero hijo), que le permitió una vida regalada sin dar un palo al agua por obligación. Volcó toda su dedicación a sus aficiones literarias y a las inclinaciones filantrópicas propias de un burgués moderado de su época con deseos de que su país y, en particular, su ciudad natal, Madrid, en cuyo ayuntamiento ocupó el puesto de concejal durante algunos años, progresaran.
Escritas con una prosa algo altisonante para nuestros días, pero aun así ágil y amena, estas memorias pueden dividirse en dos partes. En la primera, que transcurre entre la invasión napoleónica y la subida al trono de Isabel II, Mesonero Romanos deja que los sucesos históricos prevalezcan sobre los recuerdos propios, aunque se mezclen ambas facetas. No falta, incluso en este apartado, algún cuadro de costumbres de la sociedad madrileña de ese período, pero es a partir de 1833, con el sosiego de la política española, cuando las excepcionales dotes de observador de Mesonero van a campar a sus anchas.
El libro es apasionante en sus dos partes, en la narración y el análisis del la Guerra de la Independencia, de los reinados de José Bonaparte y del alevoso Fernando VII, y en la descripción de los usos y costumbres de los españoles de la época, así como del mundillo cultural y literario fundamentalmente romántico.
Estas memorias nos acercan a un hombre entrañable de prodigiosa memoria que mira al pasado sin rencor y sin afán de protagonismo, que recuerda con ternura a los personajes de los círculos literarios con los que compartió la primera mitad del XIX , que buscó ante todo el progreso de sus conciudadanos y que, a falta de otro oficio, ejerció, como reza la descuidada edición de Crítica, el de "madrileño profesional".

Ramón de Mesonero Romanos, Memorias de un setentón, Barcelona, Crítica, 2008

sábado, 7 de junio de 2008

De August Berns y de otros saqueadores


Ayer hablaba de la apropiación indebida de estrenos absolutos de que se quejaba mi hermano Diego, la víctima de la estafa, en su blog, y hoy publica El País una noticia que viene que ni pintada para el caso.

Informa El País de que un tal August Berns, alemán por más señas, saqueó la ciudadela del Machu Picchu, en Perú, algunas décadas antes de que llegara a ella su supuesto descubridor, el estadouniudense Hiram Bingham. La noticia se basa en una investigación de otro norteamericano, Paolo Greer, pero algo más abajo, en una parte con fondo azulado, una historiadora peruana afirma haber publicado un libro hace cinco años en el que aparecía la misma información sobre Augusto Berns que da Greer, al que, según la versión de Mariana Mould de Pease, peruana pese a sus apellidos, proporcionó algunos mapas en los que se basa el hallazgo. Mould de Pease, que se queja de la falta de difusión de su trabajo por ser peruana, algo que ocurre con mucha frecuencia con los españoles en nuestro país, acusa a Greer de sufrir el "síndrome del descubridor", enfermedad que ignoraba y que no hace sino corroborar la actualidad de la entrada que escribí hace unos meses sobre el síndrome del siglo XXI, que no es otro que el de sufrir los más variados síndromes. No obstante, en este caso, la acuñación del síndrome se justifica sobradamente por la frecuencia con la que se produce, en especial en ciertos ámbitos como el artístico (los segundos estrenos de obras para piano de Tomás Marco y otros) y en sectores como el de la investigación, al que pertenece Paolo Greer.

¿Qué hubiera sido de Colón si no hubiera logrado el Descubrimiento por antonomasia de la historia universal? Lo mismo ocurre con el resto de los seres humanos que justifican su valía profesional encontrando cosas nuevas. El problema comienza cuando a algunos no les importa tomar hallazgos de los demás y apropiarse de ellos.
Lo peor de todo (para Mould de Pease) es que el periodista que ha escrito la noticia, contando al menos con la duda de que el dato principal de la investigación pudiera haber sido tomado de un trabajo anterior, subtitule el artículo así: "El buscador de oro alemán Augusto Berns localizó el yacimiento en 1867, adelantándose a la llegada del estadounidense Hiram Bingham en 1911, según una investigación reciente." ¿Eso qué es? ¿Humor inteligente?

viernes, 11 de enero de 2008

Las tropas napoleónicas de Trafalgar


El ayuntamiento de Londres quiere ocupar el único pedestal vacío que queda en Trafalgar Square, una plaza de obligada visita para los turistas que visitan la ciudad y que sirvió en su momento para celebrar la victoria de las tropas británicas en 1805, según Brenda Otero, periodista de El País de nombre sensaciondeviviresco, "contra las tropas napoleónicas". Sé que la memoria histórica (en general, no sólo la que concierne al siglo XX) no es precisamente uno de nuestros puntos fuertes, pero hay casos que rayan con la ignorancia más absoluta. Para información de Brenda Otero, y de los responsables de El País que han dado el visto bueno a esa noticia, la escuadra contra la que se enfrentaron los ingleses estaba formada por más navíos españoles que franceses. Tan español se consideró el combate que los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós comienzan con una novela llamada Trafalgar, y no porque a su autor le gustara mucho ese precioso cabo de la costa gaditana. Debería saber Brenda Otero que en la batalla perdieron la vida ilustres marinos españoles que habían demostrado no sólo su arrojo y su valor en la lucha, sino también unas espléndidas dotes intelectuales fuera del ardor guerrero. Churruca, Alcalá Galiano y posteriormente Gravina fallecieron en Trafalgar, igual que Nelson. España no pudo llenar el vacío que provocó en la armada la pérdida de sus hombres y de sus barcos, entre ellos el Santísima Trinidad, una embarcación mítica. La derrota acabó con el poderío naval español y dejó los mares libres a los navíos británicos.

Que la escuadra franco-española fuera comandada por Villeneuve, almirante a las órdenes de Napoleón, no significa que los ingleses vencieran a las tropas napoleónicas. Los marinos españoles servían a su Rey, aunque ese deleznable y cobarde Rey se hubiera convertido en un súbdito más del ambicioso e insaciable Napoleón Bonaparte. Pero ésa es otra historia.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Trágico erostratismo (II)


Cuando las autoridades se enteraron, gracias a la tortura, de la causa principal del suceso, prohibieron pronunciar el nombre de Eróstrato bajo la amenaza de imponer fuertes castigos a quien desoyera las leyes. Pese a la dureza de las penas, el nombre del pastor efesio no se perdió en el tiempo: prosperó y ha llegado hasta nuestros días.
Pero la Fortuna traidora no suele ser tan propicia para los Eróstratos contemporáneos. Generalmente, sus nombres quedan enterrados bajo la enorme maraña de información y datos que teje y difunde nuestro mundo a diario. Hay demasiados Eróstratos como para que el común de los mortales recuerde cómo se llamaban. El nombre del perturbado que hace un par de semanas convirtió un tranquilo día de compras en una noticia de alcance mundial tampoco soportará el paso del tiempo: es el menor homenaje que merecen sus víctimas.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Trágico erostratismo


Hace un par de semanas, en EEUU (que es donde suelen ocurrir estas cosas) un joven de 19 años agarró un arma de fuego y descargó su ominoso contenido indiscriminadamente sobre otros otros seres de su misma especie. El interfecto grabó un vídeo, como acostumbran a hacer los suicidas del siglo XXI, en el que explicaba los motivos de su acción. En él, el desequilibrado aseguraba que él mismo era una mierda, pero que tras perpetrar el delito infame que estaba preparando iba a hacerse famoso.

De la frase no comprendí bien la adversación, es decir, el pero. Uno puede ser una mierda anónima o una mierda célebre: lo cortés no quita lo valiente. En el argumento, el joven estadounidense confundía la velocidad con el tocino. No obstante, el extraño razonamiento del sujeto está hoy más de moda que nunca y se basa en un fenómeno cada día más común y cada vez más definitorio del mundo contemporáneo. Dicho fenómeno recibe el nombre de erostratismo (aunque podría haber tomado perfectamente el de síndrome de Eróstrato).

Eróstrato, un grieguecillo de a pie, normal y corriente, anónimo, que decimos ahora, pastor por más señas, deseaba que su nombre fuera recordado eternamente por encima de todas las cosas. Como no veía el modo de alcanzar celebridad por sus virtudes, su enfermizo cerebro planeó el modo en que su nombre permaneciera por siempre en la memoria de los hombres de todas las épocas: quemar el templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo, que quedó completamente destruido.

(Continuará)

martes, 20 de noviembre de 2007

Salamanca:12 de octubre de 1936 (I)

Hay muchos episodios de la historia de España que parecen sacados de un pasaje de una novela o de una película, aunque veo difícil que el escritor más vigoroso y con mayor talento hubiera logrado que las más preclaras musas le soplaran dulcemente al oído unos hechos tan sobresalientes como los que tuvieron lugar en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936. Se celebraba entonces el Día de la Raza en un país sumido en la destrucción de la contienda bélica y en una ciudad que estaba sufriendo la furibunda represión del bando sublevado. En el Paraninfo, junto a otras personalidades, se encontraban el Rector de la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno, y Millán Astray, fundador de la legión y una de las cabezas visibles de los nacionales.

El suceso no ha sido llevado al cine (aunque para hacer una obra maestra sólo se necesitan un par de cámaras y un buen elenco de actores), pero sí a la escena. En la Feria de Teatro del Sur, que se celebra a principios de julio en Palma del Río, un montaje presentaba a Millán Astray como un personaje prácticamente guiñolesco, con su invalidez guerrera a cuestas. Cantando bajo las balas, un mano a mano entre Astray, encarnado por Adolfo Fernández, y un pianista que se encarga de la banda sonora y de acompañar al protagonista en los números musicales, cuenta a partir del leit-motiv continuo de los sucesos del Paraninfo varios acontecimientos de la vida del militar español que le han convertido en el inválido que es en 1936, cuando se enfrenta con Unamuno.
Las palabras que pronuncian Astray, Unamuno (y otros, como José Mª Pemán) van más allá del "Mueran los intelectuales. Viva la muerte" del legionario y del "Venceréis pero no convenceréis" que le espetó don Miguel, que hasta ese momento pasaba por ser el intelectual más importante que apoyaba el alzamiento.
El asunto es muy extenso, así que acabaremos esta entrada como algunos capítulos de las series televisivas: "Continuará".
Las múltiples heridas de guerra de Millán Astray