miércoles, 14 de noviembre de 2007

Misterio sin resolver (se ruega colaboración)

Gonzalo, un gran amigo de mi época universitaria al que el amor ha conducido, como es lógico, a Roma desde su Aranda de Duero natal, se preguntaba cómo era posible que los indios de las películas de Hollywood (las de John Ford, John Wayne y compañía), se valiesen de infinitivos para hablar en inglés ("Yo hacer fuego"), cuando precisamente las desinencias verbales son casi inexistentes en esa lengua. Yo, que no tenía ni la más remota idea de inglés, pues elegí el francés incautamente en BUP y COU, no sabía qué responderle, aunque sospechaba que la solución al misterio, como ocurre tantas veces en el cine, se hallaba en el doblaje. Ahora que asisto a clases de inglés en la escuela oficial de idiomas, tal vez pueda aportar algo de luz a este Expediente X.


[Si alguno ha manejado información reservada y conoce la respuesta, que nos ilumine, por favor, con su sabiduría]
Indio sioux tan ancho después de proferir en un breve parlamento treinta y seis infinitivos.

martes, 13 de noviembre de 2007

El síndrome del siglo XXI

Ulises y las sirenas de Herbert Draper


Cada vez estoy más convencido de que lo que distingue a los seres humanos del siglo XXI de los de otras épocas es nuestra inaudita capacidad para padecer los más variados síndromes. Hordas de soterraños y ocultos psicólogos y psicoanalistas se encargan de sacarlos a la luz paulatinamente y con mucha prudencia, porque si los aislaran y comunicaran todos a la vez, de sopetón, no habría bicho viviente que escapara a los indeseables síntomas de una depresión de caballo.

No hay cambio de ánimo, por pequeño que sea, que eluda la acción globalizadora de estos creadores de sensaciones. Hace tiempo, algún eximio (dicho sea sin segundas) psicólogo comprobó que un amplio porcentaje de la población sufría bajón de ánimo, tristeza y conato de depresión cuando se incorporaba al trabajo tras las vacaciones. Aunque parezca mentira, a nadie, hasta ese momento, se le había ocurrido ponerle nombre a tal fenómeno y no desaprovechó la oportunidad de ascender en el mundo académico. Nacía así el llamado síndrome posvacacional (véanse sobre este tema los telediarios de Antena 3 de septiembre de todos los años), que enseguida formó pareja con el síndrome prevacacional, es decir, la inquietud que se produce ante la inminencia de las vacaciones. Yo hubiera completado el círculo de las vacaciones agregando a los citados síndromes el vacacional, que consistiría en una euforia incontenible y una alegría desbordante y contagiosa.

Por cierto, que las autoridades sanitarias aconsejan a quien no sufra estos "problemas" psicológicos que se mire el pulso y compruebe su respiración, porque es muy probable que sea un robot de Minority report que ignora su verdadera naturaleza artificial.

Considerar un síndrome estar depre por regresar al tajo, como diría David Cantero, tras unas placenteras vacaciones es lo mismo que llamar al dolor (físico y mental) provocado por un puñetazo el síndrome de la hostia bien dada.

Pero la moda es la moda. El último grito (¡ay!) es extraer de la mitología griega (o grecorromana) los nombres de los síndromes. Atlas y Ulises ya disponen del suyo. Con la facilidad con la que surgen, en breve, todos, dioses y hombres, disfrutaremos del nuestro.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Variaciones sobre el carpe diem

Se leía en clase de Adela el Soneto XXIII de Garcilaso de la Vega, cuyo tema principal es, como todos ustedes recordarán, el carpe diem:

En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar, ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.

Tras su lectura, Adela preguntó qué quería decir este poema y contestó una alumna:
- ¿Que lo que se van a comer los gusanos, que lo disfruten los cristianos?

La anécdota me trajo a la memoria el escolar (y conocidísimo) pasaje del Juan de Mairena en el que el alter ego de Antonio Machado le pide a un alumno que pase a lenguaje poético la frase "Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa". El muchacho escribe en la pizarra: "Lo que pasa en la calle".

¿El Soneto XXIII de Garcilaso viene a decir que lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los cristianos? Bueno, más o menos. "No está mal", respondería el maestro.


domingo, 11 de noviembre de 2007

Con zeta de Saturna (y de Zapatero)


Ayer hablaba aquí sobre la imprescindible actualidad de los clásicos y hoy he encontrado una muestra más (y extrema) de que los grandes autores no pasan nunca de moda y son necesarios en el mundo de hoy, como lo fueron en el de ayer y como lo serán en el de mañana (siempre que no sean aniquilados por el cambio climático y demás catástrofes naturales).

Leyendo Tristana, una novela de Pérez Galdós, me he topado con este fragmento, que bien podría haber encabezado cualquier noticiario de esta tarde: "Libertad honrada es mi tema..., o si quieres, mi dogma. Ya sé que es difícil, muy difícil, porque la sociedaz, como dice Saturna...". Con zeta de Zapatero, podría haber añadido, pero el fondo de la cuestión ya estaba dicho.

El académico Juan Luis Cebrián ha condenado con dureza la ortográficamente heterodoxa campaña del PSOE. Seguramente haya sido su mayor aportación a la RAE desde que entró a formar parte de tan distinguida institución. El exceso de celo del excelso académico sólo puede explicarse por razones muy alejadas a las propiamente lingüísticas. De ahí que critique una campaña con una crudeza que no han usado ni los rivales políticos del Presidente del Gobierno, que bastante tiene con lo que ha ocurrido en Chile. A Rodríguez Zapatero se le notaba en sus declaraciones que ha pasado unos días muy duros por la lamentable actuación de Chávez y Ortega en la Cumbre Iberoamericana. Por eso, prefiero recordar la exitosa liberación de los tres españoles detenidos en Chad y rectificar mis comentarios del lunes. Si me detienen en algún país extranjero, ya no me haré pasar por un francés cualquiera. "Soy español de pura cepa", diré, o mejor, no diré nada. Así contribuiré activamente al éxito de nuestra callada diplomacia.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Los ambientadores de escena

Si hay algo que odio es ver a algún actor, o director de escena o profesor de literatura, o quien sea, justificando el montaje o la lectura de alguna obra clásica (especialmente de teatro) por su actualidad, es decir, por su validez en el mundo de hoy. Precisamente suelen escudarse en este argumento (ya tópico) quienes gustan de hacer versiones más o menos libres de las creaciones clásicas, de lo cual deduzco que no son tan útiles para nuestro tiempo si necesitan, como los antivirus, de actualización continua. Recuerdo a Cayetana Guillén Cuervo considerando superior El abuelo de José Luis Garci a la novela de Galdós en la que se basaba por el mero hecho de que había añadido elementos que aumentaban su interés para el espectador de hoy.
Pero, aunque esta referencia sirva, yo me refiero principalmente a las ambientaciones de obras clásicas en épocas absolutamente anacrónicas. En Valladolid, una compañía, de cuyo nombre no puedo ni quiero acordarme, representó una Fuente Ovejuna cuyos personajes estaban inmersos en plena lucha obrera, en medio de la revolución social.
Si se acudiera a la re-ambientación en casos puntuales, el asunto no dejaría de ser menor e incluso interesante; pero es que las ambientaciones ajenas a la expresada por el autor ganan en número a las versiones originales. Hay muchas obras que he visto en varias épocas que ya le hubiera gustado conocer al escritor de turno, pero nunca en la suya propia. Cuando el autor decidió una fecha histórica concreta, diferente a la suya, el cambio es más sangrante, especialmente porque los creativos directores de escena suelen recurrir siempre a las mismas clases o momentos históricos. En el auditorio de la Feria de Muestras de Valladolid asistí a un Romeo y Julieta (ubicado por Shakespeare en la Verona del siglo XII) ambientado a finales del siglo XX. Romeo se había trocado en un pandillero que escribía curiosos graffiti con el ampuloso estilo del teatro isabelino inglés. Por cierto, que, al final, el atractivo adolescente, antes de suicidarse, decidió quedarse en cueros. Si se ha de morir, se muere, pero incómodo nunca, que muerto se está hasta el Juicio Final y eso es mucho tiempo (pensaría el mozo).
Pateé la puesta en escena entre la ovación del público en general y, aunque no lo repetí, por inútil, me hubiera gustado hacer lo mismo en el Macbeth dirigido por Calixto Bieito que me tragué en el Lope de Vega de Sevilla. La historia de Shakespeare (¿no hay más escritores?) habíase mudado a los EEUU en los años 60, creo, y los personajes dirigían una organización mafiosa. Lo más innovador fue un divertido karaoke en el que brillaron con luz propia las canciones de Julio Iglesias y la voz de Lady Macbeth.
Los directores de escena recurren con frecuencia a la libertad del artista (ellos) para reinventar los textos clásicos, pero, en mi opinión, cuando son tan radicales, incurren en un delito contra la propiedad intelectual del autor y en una estafa contra el espectador, pues utilizan el renombre de un escritor clásico, sin respetar su espíritu, para atraer al público a sus funciones. Si quieren libertad, lo más honrado es que inventen ellos y que dejen a los clásicos descansar tranquilos, sin tan retorcidas ambientaciones que, por otra parte, no necesitan para ser comprendidos por el público del siglo XXI; puesto que un clásico es, por definición, actual.
[Por cierto, gracias a todos por vuestras felicitaciones de ayer]

jueves, 8 de noviembre de 2007

El test

En momentos como éste, me viene a la mente una de las grandes paradojas que maneja habitualmente el hombre de a pie: que para entrar a trabajar como barrendero se exija el graduado escolar, mientras que para aspirar a cualquier cargo político, incluidos los de diputado, senador, ministro y presidente del gobierno, no se requiera ningún título, sólo la aprobación de los ciudadanos, que no es poco. La paradoja es tan sangrante como insoluble, y desde aquí no pretendemos abrir un debate sobre el tema, que está tan bien como pueda estarlo en cualquier otra democracia del mundo; sin embargo, a veces, cuando se escuchan las barbaridades que perpetran los aparatos fonadores de muchos integrantes de nuestra clase política, se echa de menos que los candidatos no tengan que superar, al menos, un test psicotécnico, nada extraordinario, el mismo que la DGT exige para poder obtener el carné de conducir, incluso aunque los exámenes psicotécnicos se practiquen con el mismo sistema que utilizaba la empresa en la que yo me lo saqué por primera vez. En una sala del centro médico, un empleado me entregó un papelito en el que se me consideraba apto sin haber pasado aún ni una sola prueba.
Con todo, según está el patio (el ruedo ibérico), me temo que gran parte de nuestros políticos no superaría el examen ni aunque sus sesudos asesores estuvieran soplándoles las preguntas por el pinganillo. El test provocaría tal debacle que no quedaría otro remedio que convocar elecciones anticipadas.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Cuatro corazones con freno y marcha atrás

Enrique Jardiel Poncela es un nombre imprescindible en la evolución del teatro español del siglo XX. Excéntrico y manirroto, gozó de enorme y merecida fama en su época. Su humor, absurdo pero comprensible y degustado por una inmensa mayoría, destila genialidad ya en los títulos de sus obras: las novelas Espérame en Siberia, vida mía y ¿Pero hubo alguna vez once mil vírgenes? o sus comedias Madre (el drama padre) y Los ladrones somos gente honrada.

Hace dos o tres semanas he terminado de leer Cuatro corazones con freno y marcha atrás en la edición de Fernando Valls y David Roas, que demuestran sus vastos conocimientos de la obra completa de Jardiel en las notas a pie de página con una prolijidad que al principio distrae y más tarde irrita. Pero ése es otro tema.

Cometí el error de comenzar la lectura de Cuatro corazones... en una guardia de clase (en la que milagrosamente pude leer sin demasiadas interrupciones) y lo pasé bastante mal procurando disimular la risa: el primer acto de la comedia es absolutamente desternillante. De ahí que no recomiende su lectura en tanatorios, juicios de faltas y, en general, en todas aquellas situaciones que requieran un mínimo de seriedad y compostura.

A medida que avanza la acción, la obra decrece en gracia, pero gana en profundidad filosófica, y el interés permanece y se renueva hasta el desenlace final, que muestra la habilidad de Jardiel para la comedia y la sátira. Sus fobias hacia ciertos oficios y condiciones humanas entroncan con la tradición literaria española del Siglo de Oro, encarnada principalmente en la figura de Quevedo: ambos comparten su aversión hacia los médicos, y Jardiel sustituye a los alguaciles quevedescos, en notable decadencia, por profesiones de reciente cuño, como los vendedores de seguros.

Toda su obra literaria está destinada a provocar la risa y, sin embargo, y paradójicamente, Jardiel renuncia a definir el humorismo. La frase con la que no lo define (lo indefine o lo desdefine), como tantas otras suyas, es antológica: "Intentar definir el humorismo es como pretender pinchar una mariposa con un palo del telégrafo".

martes, 6 de noviembre de 2007

Nacer o no nacer, ésa es la cuestión

Ante la inminencia del caso, busco en Internet información sobre la nueva baja por paternidad y encuentro una frase que muestra la deshumanización que preside algunas leyes y la crueldad que surge de la definición de hechos o estados sencillísimos de comprender sin necesidad de transformarlos en palabras.
Para ser beneficiario del permiso de paternidad, ha de existir un niño, evidentemente, y neonato, por más señas en el caso de nacimiento. Pero la pregunta que se formula la Seguridad Social es cuándo se considera que una persona ha nacido. Su página web dice lo siguiente:

"Se entenderá como nacido el hijo, cuando tuviera figura humana, y viviere, al menos, veinticuatro horas enteramente desprendido del seno materno."
Lo de figura humana trae reminiscencias de los circos ambulantes del siglo XIX, de la mujer barbuda o del hombre elefante (fantástica película de David Lynch, por cierto). Afortunadamente, los recién nacidos suelen adoptar forma humana, quizá para no asustar a sus padres. Supongo que además les resultará más útil asemejarse a un ser humano que a un tablero de ajedrez. Pero la Seguridad Social necesita asegurarse. Tal vez por eso no considere a un bebé de diez horas de vida como un ser nato. Menuda pesadez: cuando nazca mi hijo, tendré que esperar veinticuatro horas para ser padre. Y yo que pensaba gritarlo inmediatamente a los cuatro vientos...
Información sobre el permiso de paternidad de la Seguridad Social.

lunes, 5 de noviembre de 2007

El rescate

La prensa francesa y parte de la prensa española han criticado hoy el rescate que Nicolas Sarkozy llevó a cabo ayer mismo en el Chad, y no cabe ninguna duda de que el protagonismo que ha adquirido Monsieur le Président en este contencioso no deja de tener cierto afán electoralista y, en cierto modo, populista. No obstante, el éxito de su mediación es innegable, aunque muy probablemente los puntos estuvieran pactados antes de que Sarkozy emprendiera el vuelo hacia Yamena. La cortesía de acercar a casa a las personas liberadas de su país vecino es un gesto que le honra, máxime cuando los ciudadanos de España no pueden votarle en unas elecciones (y mira que cada vez son más los que, al sur de los Pirineos, estarían encantados de poder elegirlo como gobernante).
Con todos sus errores, Sarkozy posee varias cualidades que lo diferencian de los políticos que sufrimos en España: un indudable carisma, una simpatía arrolladora y un admirable afán de solucionar los conflictos humanitarios que surgen en diversos países del mundo (lástima que en Francia no actúe de la misma forma). Y ahora que su mujer no puede ayudarle en esa encomiable tarea, el presidente francés no tiene otro remedio que solucionar estos asuntos en persona.

A mí, particularmente, me encantaría que, en un trance semejante, cuando en mi país estuvieran seguros de que me están encausando injustamente, mi gobierno se esforzase por todos los medios en lograr mi liberación. Y que el presidente en persona, con el avión gubernamental, el Air Force One español pagado con los impuestos de todos los contribuyentes, viniera en mi busca, sería todo un símbolo. Eso es, en realidad, lo que me parece más interesante de la actuación de Sarkozy: el mensaje de que todos los resortes del estado se ponen en funcionamiente cuando uno de sus ciudadanos se encuentra en peligro.

Lo que hubiera ocurrido si la solución del caso hubiera dependido de la diplomacia española o de nuestro gobierno pertenece al mundo de los futuribles al que tan apegados están aquellos que gustan de decir cosas que no pueden ser demostradas. Pero, por si acaso, si una situación similar me ocurriera en mis viajes al extranjero, ya no gritaré a los cuatro vientos aquello tan manido de "Soy ciudadano americano". Al contrario: si mis malos pasos me llevan a tan inhóspito calvario, pediré un crepe y un ricard, pondré un incofundible acento parisino y pronunciaré con desusada calma: "Je suis français. Díganle a Sarkozy que venga a buscarme".

domingo, 4 de noviembre de 2007

Los tripulantes del Girjet detenido en Chad o la fuerza del sino

Nicolas Sarkozy estará volando en estos momentos hacia París. Antes, ha dejado en Madrid a las cuatro azafatas que han salido del infierno en el que se ha convertido un rutinario día de trabajo en una profesión sin apenas peligros. Un viaje al Chad para cumplir con una misión humanitaria se ha convertido posiblemente en la peor experiencia de sus vidas. Para el piloto, el copiloto y un ayudante de vuelo, la pesadilla aún no ha concluido. Retenidos en el Chad, se enfrentan a penas que podrían llegar a los veinte años de trabajos forzados por una terrible veleidad del destino.
En la literatura y en la vida real hay casos semejantes de personas que viven una existencia feliz hasta que de repente y sin explicaciones se ven envueltas en unos acontecimientos que les son ajenos, pero que por alguna causa marcan, cuando no destrozan, sus vidas. Estoy recordando ahora a Cary Grant en la magistral película de Alfred Hitchcock Con la muerte en los talones (cuyo título original es el incomprensible North by Northwest). Cary Grant (más popularmente Gary Grant) encarna a un ejecutivo que por una curiosa confusión es tomado por un agente imaginario que sigue los pasos de una peligrosa organización criminal. Dicha organización no tardará, por supuesto, en intentar acabar con su vida. A otros personajes de ficción les ocurre lo mismo, como a los personajes principales de La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe. Sus protagonistas ven truncada la vida fácil de ricos a la que están acostumbrados simplemente por equivocarse en la salida de una autopista americana e ir a parar a uno de los peores barrios de la ciudad.

Pero los golpes fatales del destino (o la fuerza del sino que tanto persiguió al pobre don Álvaro del Duque de Rivas) afectan a los hombres de carne y hueso de la misma manera que a los seres imaginarios. El brasileño Jean Charles de Menezes iba tranquilamente en el metro en un día tan normal para él como otro cualquiera cuando recibió varios disparos de la policía por parecerse (o parecerles a los agentes que se parecía) a un buscadísimo y peligrosísimo terrorista islámico. Muchos viajeros ingenuos han sido encarcelados en lo que habrían de ser unas inolvidables vacaciones por aceptar facturar taimadas maletas ajenas repletas de estupefacientes o, simplemente, porque alguien introdujo con disimulo drogas en su equipaje. Me viene a la memoria la gallega de Cancún, famosa posteriormente por otras razones.

Lo que está padeciendo la tripulación española del Girjet, liberada a medias, obedece a una jugarreta del azar, a las asechanzas, siempre malévolas, jamás ingenuas, de una providencia que juega con unos seres humanos que viven como si fueran inmunes a estas desagradables vueltas de la fortuna (el Laberinto de fortuna), como si el decurso rutinario de su experiencia vital fuera inabarcable, no tuviera fin.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Foto sin metáfora: el puente nuevo de Palma del Río

El avezado lector de La Blogse habrá deducido de la imagen que este blog se va de puente estos días, como ocurrió en el del Pilar, con la foto del Ponte de Vasco de Gama, de Lisboa; pero, en este caso, querido lector, se ha pasado usted de listo. En esta foto, hecha hace apenas unas horas, aparece el nuevo puente de Palma del Río. Aún se encuentra en obras, como puede apreciarse en la imagen, pero en un par de meses estaremos estrenándolo, eso sí, con medio año acumulado de retraso. ¿Qué obra pública no sufre retrasos hoy día? Que se lo pregunten a Magdalena Álvarez.
Pero hablábamos del puente nuevo de Palma del Río. Por haber, hay otro que atraviesa el Guadalquivir, estrecho y antiguo, mitad de piedra y mitad de hierro, por el que los usuarios de la estación de Renfe, al otro lado del Guadalquivir, se juegan la vida a diario. Cuando hay niebla, los viandantes parecen fantasmas que exhala el río.

Todos los pueblos del mundo tienen una reivindicación de infraestructuras que no llega nunca, pero que parece estar proyectándose a diario. En Palma del Río, la reivindicación era un puente nuevo, ancho, casi diría que navegable. Cuando vine a visitarla por primera vez, allá por el año 2001, me topé de bruces con la romería de la Virgen de Belén y, por tanto, con el único acceso por la carretera vieja Córdoba-Sevilla cerrado. La Guardia Civil me indicó el desvío que debíamos tomar para entrar en la ciudad: unos diez kilómetros. Ese mismo año, un compañero del instituto me habló del puente. Supuse que, en el imaginario colectivo de Palma del Río, el nuevo puente sobre el Guadalquivir (porque la ciudad tiene otro río, el Genil) desempeñaba el mismo papel que en Medina de Rioseco representa la autovía Valladolid-León.

De momento, la reivindicación palmeña se cumplirá en Navidad como si fuera un regalo de Reyes. Sólo nos quedará entonces disfrutarlo con salud.

jueves, 1 de noviembre de 2007

De Andalucía a Castilla con Antonio Machado, en el día de Todos los Santos

Al fondo, el cementerio de Medina de Rioseco

A JOSÉ MARÍA PALACIO

Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, Primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...
¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?
Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras.
¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa,
allá, en el cielo de Aragón, tan bella!

¿Hay zarzas florecidas
entre las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?
Por esos campanarios
ya habrán ido llegando las cigüeñas.
Habrá trigales verdes,
y mulas pardas en las sementeras,
y labriegos que siembran los tardíos
con las lluvias de abril. Ya las abejas
libarán del tomillo y el romero.
¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?
Furtivos cazadores, los reclamos
de la perdiz bajo las capas luengas,
no faltarán. Palacio, buen amigo,
¿tienen ya ruiseñores las riberas?
Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra.
Baeza, 29 de abril de 1913.
Campos de Castilla.
Todos los santos, Diego Fernández Magdaleno